Por Kamal Chomani Editor en Jefe de The Amargi y Candidato a Doctor por la Universidad de Leipzig
Publicado originalmente en The Amargi https://www.theamargi.com/posts/what-is-next-for-syrias-kurds

Tras el anuncio de Mazloum Abdi de que las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) ponen fin a su misión, publiqué en X/Twitter que «los kurdos esperaban, sin duda, algo más, pero si esto pone fin a años de derramamiento de sangre y represión, entonces es el mayor logro de su historia. Este es un momento en el que todos los componentes de Siria pueden construir a partir de aquí».
Algunos amigos me escribieron para preguntarme si hablaba «realmente en serio» al considerar esto un logro histórico. Necesito desarrollar un poco más lo que quise decir en aquella publicación.
El acuerdo alcanzado ayer en Damasco marca un momento histórico para Siria y para los kurdos. Es histórico porque, por primera vez, la educación en lengua kurda está a punto de obtener reconocimiento oficial, y porque los kurdos están siendo tratados como socios en el futuro del país, y no como invitados. Que este proceso tenga éxito sigue siendo incierto. Pero en medio del terror de Estado, las rivalidades regionales y el enfrentamiento entre las grandes potencias dentro de Siria, este puede ser el mejor resultado posible que estaba al alcance.
La guerra siria nunca fue únicamente una guerra civil. Fue un campo de batalla en el que las potencias regionales e internacionales combatieron a través de representantes y aliados. El conflicto puso fin al gobierno de la familia Assad; el eje de resistencia iraní sufrió una derrota; Moscú perdió influencia frente a Washington; y Rusia ya no está en Siria y está a punto de perder la base aérea de Hmeimim, cerca de Latakia, y su instalación naval de Tartus.
Entre quienes obtuvieron una ventaja se encuentran Turquía, que emerge como uno de los ganadores regionales de la guerra, e Israel, que vio desaparecer a uno de sus enemigos, aunque al mismo tiempo apareció una potencial amenaza en su vecindad.
El régimen de Assad e Irán siempre tuvieron problemas para ejercer un control pleno sobre Siria, pues Irán nunca fue bien recibido en el país. Turquía, en cambio, enfrenta una realidad potencialmente diferente: es un vecino musulmán suní que ha acogido a millones de refugiados sirios durante los últimos quince años.
En este juego violento y cambiante, los kurdos podrían haber vuelto a enfrentarse a una masacre, como estuvieron a punto de hacerlo en enero de 2026. Alternativamente, podrían haber ampliado el territorio bajo control de las FDS si Estados Unidos no hubiera cambiado de rumbo y modificado sus políticas respecto de su presencia en Oriente Medio y Siria. Ninguna de las dos cosas ocurrió. El resultado quedó en algún punto intermedio.
La política no es un juego de suma cero. Es compleja, dinámica y, a menudo, incierta. Los kurdos del Kurdistán iraquí cometieron un grave error cuando el KDP optó por un juego de suma cero durante el referéndum de 2017, y la Región del Kurdistán todavía no se ha recuperado de aquel golpe. El PKK cometió un error igualmente grave en 2015-2016 con la guerra de las trincheras en Amed (Diyarbakır). Le tomó casi una década recuperarse de aquel golpe, aunque podría argumentarse que nunca volvió a recuperar la fuerza que tenía sobre el terreno.

La historia no avanza de manera lineal; esto es algo que muchos kurdos han entendido mal. Hoy puedes conseguir una cosa; mañana, otra. Pero las reformas en Estados-nación tan hostiles son necesariamente graduales, porque los cambios revolucionarios dentro de estos regímenes inherentemente autoritarios son difíciles de convertir en realidad. A veces hay retrocesos; a veces, avances. Esa es la historia de la política.
Muchos siguen creyendo que la siguiente etapa de la política kurda debería ser la creación de un Estado-nación. Por eso, cuando Öcalan cambió de rumbo, muchos se sintieron comprensiblemente frustrados y decepcionados. Pero la política es el arte de lo posible: saber qué puede conseguirse ahora y qué debe preservarse para el futuro.
Hay tres lecciones fundamentales en este momento.
Primera: la lucha política exige compromiso con los valores y un trabajo constante. La lucha no tiene un punto final —de ahí el dicho kurdo Berxwedan jiyane («La resistencia es vida» o «Resistir es vivir»)— porque los peligros dentro de la sociedad son tan reales como los que vienen de fuera: combatir las estructuras patriarcales es tan importante como luchar por la identidad kurda. Enfrentarse a la dominación externa es necesario, pero confrontar nuestros propios fracasos internos, nuestras tendencias autoritarias y nuestras debilidades es igualmente importante, si no más.
Aquí es donde Rojava es diferente: ahora puede encabezar una lucha desde las bases que vaya más allá de los territorios kurdos. Puede estar al lado de las minorías y de las mujeres de Siria; dos grupos que no son apreciados por el régimen actual.
Segunda: los errores forman parte de la vida, pero la política exige la capacidad de aprender de ellos. La madurez política significa aprender de los errores e intentar no repetirlos. El comandante de las FDS, Mazloum Abdi, reconoció esos errores en mi entrevista con él en febrero pasado, durante la Conferencia de Seguridad de Múnich. Hace unos días, en su entrevista con Rudaw Media Network, afirmó que el mayor fracaso de su vida había sido no haber hecho mayores esfuerzos para garantizar que el acuerdo del 10 de marzo se convirtiera en realidad.
Tercera: las grandes ambiciones son necesarias, pero apostarlo todo es peligroso, especialmente para los actores no estatales. Algunas pérdidas no pueden repararse fácilmente. Rojava está intentando ahora corregir aquello que podría haberse gestionado mejor después del acuerdo del 10 de marzo de 2025.
Rojava está entrando en una nueva etapa. Hasta hace poco, Ahmad al-Sharaa era considerado un terrorista y Estados Unidos había ofrecido una recompensa de 10 millones de dólares por su captura. Hoy es recibido por el mismo sistema internacional que lo había colocado en una lista de terroristas.
Hasta hace poco, los kurdos eran celebrados en Estados Unidos, casi como héroes de Hollywood. Ese periodo también ha terminado. No sabemos qué traerá el mañana. Pero sí sabemos algo: el futuro kurdo no estará determinado únicamente por lo que otros hagan con los kurdos. También dependerá de cómo los propios kurdos se preparen.

Los kurdos no necesitan hundirse en la desesperación, como veo que algunos están haciendo. La mentalidad de considerarnos únicamente víctimas es políticamente destructiva. Oriente Medio está entrando en un nuevo orden, y los actores armados no estatales ya no pueden garantizar su lugar si continúan viendo la lucha armada como el único camino hacia la liberación.
Un camino es luchar como Hamás y arriesgarse a convertir a tu propio pueblo en víctima, especialmente cuando la potencia que tienes enfrente no duda en recurrir a la destrucción masiva y al genocidio. Otro camino consiste en comprender tu propia fuerza, comprometerse cuando sea necesario y continuar la lucha mediante formas políticas, sociales y constitucionales más sólidas.
Esto también es válido para los Estados de Turquía, Siria e Irán: no pueden negar eternamente la existencia kurda. El proceso de paz turco-kurdo debe entenderse dentro de este contexto: el fruto de la paz está maduro para ser cosechado y ahora pueden —y deben— abandonar la política de negación.
El acuerdo de Damasco, por tanto, no es el final de la lucha kurda en Siria. Es un paso hacia la transformación del futuro de Siria. No satisfará plenamente las expectativas kurdas. Tampoco satisfará plenamente a los fundamentalistas islámicos de Ahmad al-Sharaa ni a los nacionalistas árabes, que nunca quisieron ver a mujeres sin hiyab, como las integrantes de las YPJ, formando parte de las fuerzas de seguridad, ni a una mujer kurda fuerte en el ámbito de las relaciones exteriores, como Ilham Ahmed.
Y precisamente por eso importa: ambos lados tendrán ahora que llegar a compromisos sobre la futura Constitución y sobre el tipo de Siria que vendrá después.
Los pueblos de Siria tienen ahora la posibilidad de construir una nueva Siria, diferente de la Siria de los Assad. Tanto kurdos como árabes deberían recordar que la Siria de los Assad no aceptaba ni a los kurdos ni a los árabes que no siguieran las líneas autoritarias del régimen.
Deben aprender de los Assad: uno está en Rusia y el otro yace en una tumba maldita.
