¿Qué libros leía Stalin, qué subrayaba en ellos y qué revelan sus lecturas sobre el hombre detrás del dictador? El historiador Geoffrey Roberts reconstruye, a través de su biblioteca, al Stalin intelectual, estratega y convencido ideológicamente, sin perder de vista al responsable de una de las grandes tragedias del siglo XX.

Manuel Férez- Tu trabajo sobre Stalin ha cuestionado la imagen convencional de un personaje poco más que un tirano irracional y omnipotente. En libros como Stalin’s Wars, ¿qué te llevó originalmente a reconsiderar esta interpretación tan extendida y qué crees que sigue siendo lo más incomprendido de Stalin como líder político y militar?
Geoffrey Roberts- La idea de que Stalin era un «tirano irracional y omnipotente» cobró fuerza después de que Jrushchov denunciara la brutal dictadura de Stalin en el XX Congreso del Partido, en 1956. Un elemento central de la crítica de Jrushchov fue cuestionar el supuesto pobre desempeño de Stalin como líder militar. Antes de 1956, su reputación como jefe militar estaba por las nubes. No es de extrañar, dado que había conducido a su país a la victoria en la mayor guerra de la historia.
Como antistalinista, acepté las críticas de Jrushchov, incluido su cuestionamiento del papel de Stalin durante la Segunda Guerra Mundial. Entonces comencé a examinar las evidencias de primera mano. En la década de 1980 investigué el pacto nazi-soviético y llegué a la conclusión de que la conducta racional y pragmática de Stalin en política exterior no era característica de las acciones de un dictador loco y malvado. A comienzos de los años noventa publiqué un artículo en el que sostenía que la negativa de Stalin a prestar atención a los informes de inteligencia sobre un inminente ataque alemán en junio de 1941 estaba lejos de ser irracional o irrazonable. Su error de cálculo tuvo un costo enorme, pero obedeció a razones comprensibles.
Muchos años después publiqué Stalin’s Wars, donde utilicé documentos de los archivos rusos para demostrar que Stalin fue un comandante supremo sumamente eficaz, que no solo salvó a la URSS de Hitler y los nazis, sino también a Europa. Como lo expresé de manera deliberadamente provocadora, Stalin fue el dictador que salvó al mundo para la democracia.

MF- En Stalin’s General: The Life of Georgy Zhukov, exploras la relación entre Stalin y uno de los comandantes militares más importantes de la Unión Soviética. ¿Qué te reveló la carrera de Zhúkov sobre cómo funcionaba realmente el poder en los niveles más altos del sistema soviético durante la guerra?
GR- Zhúkov fue vicecomandante supremo de Stalin y estuvo directamente involucrado en todas las grandes batallas de la guerra soviético-alemana: Moscú en 1941, Stalingrado en 1943, Kursk en 1943, Bielorrusia en 1944 y Berlín en 1945. Nadie trabajó más estrechamente con Stalin que Zhúkov. Sus memorias son una fuente fundamental para comprender el liderazgo militar de Stalin.
Demostraron que, aunque Stalin no era un general, sí era, como lo describió Zhúkov, un «magnífico» comandante supremo. Stalin, que llevaba mucho tiempo estudiando asuntos militares, demostró estar dispuesto y ser capaz de aprender del profesionalismo de sus generales. Pero fue Stalin quien convirtió a los principales generales soviéticos en un mando supremo cohesionado y eficaz.
Entre sus generales, Stalin era el primero entre iguales, pero debido a su papel integral era quien resultaba indispensable para el funcionamiento de la maquinaria bélica soviética. Stalin dominaba el alto mando soviético, pero no atemorizaba a sus generales como hacía Hitler. Fue el carisma de Stalin —amplificado por su culto a la personalidad— lo que inspiró la lealtad y devoción de personalidades fuertes como Zhúkov.

MF- Tu libro Stalin’s Wars: From World War to Cold War, 1939–1953 aborda un período en el que las decisiones de Stalin contribuyeron a definir no solo la Unión Soviética, sino el mundo de la posguerra. Al mirar hoy aquel libro, ¿Qué decisiones estratégicas de Stalin consideras más trascendentales y quizá más incomprendidas?
GR- En términos generales, mi interpretación de los orígenes de la Guerra Fría es que fue el resultado de percepciones equivocadas, malentendidos y errores de cálculo por parte de ambos bandos. Distintas percepciones y decisiones políticas —que estaban dentro del ámbito de lo posible— por parte de los dirigentes soviéticos y occidentales podrían haber evitado el colapso completo de la Gran Alianza.
Por ejemplo, en 1946 Stalin rechazó una propuesta estadounidense de un tratado de 25 años sobre el desarme y la desmilitarización de Alemania. Una respuesta positiva a esa propuesta podría haber facilitado un tratado de paz alemán que mantuviera al país unido y a Europa sin dividir por la Guerra Fría.
También creo que Stalin se equivocó al rechazar la participación soviética y del bloque comunista en el Plan Marshall para la reconstrucción de la Europa de posguerra. Ambas decisiones estuvieron motivadas por las sospechas de Stalin hacia Occidente. Eran sospechas arraigadas y basadas ideológicamente, pero también habían sido alimentadas por la percepción de Moscú de que Occidente intentaba privar a la Unión Soviética de los frutos de su gran victoria sobre el nazismo.
Pero, para ser justo con Stalin, a finales de los años cuarenta se había alejado de la Guerra Fría y buscaba restablecer relaciones pacíficas con Occidente. Para entonces, sin embargo, Occidente estaba irrevocablemente comprometido con la contención, y no con la colaboración, con el poder soviético.

MF- En Stalin’s Library: A Dictator and His Books, reconstruyes una imagen notablemente diferente de Stalin: la de un lector que anotaba, subrayaba y se involucraba activamente con una enorme variedad de libros. ¿Qué te llevó inicialmente a interesarte por la biblioteca de Stalin y en qué momento comprendiste que podía cambiar fundamentalmente nuestra comprensión del personaje?
GR- Que Stalin era un intelectual político había sido evidente durante mucho tiempo, entre otras razones porque esa era la imagen que él tenía de sí mismo: eso era lo que quería decir cuando afirmaba ser simplemente «el discípulo de Lenin».
La apertura de los archivos rusos a partir de la década de 1990 permitió acceder a una enorme cantidad de documentación que mostraba a Stalin trabajando como intelectual. Entre estas fuentes se encontraban los restos de su colección personal de libros: miles de textos, cientos de ellos marcados y anotados. Estas marcas son las más íntimas de todas las fuentes disponibles, porque muestran a Stalin pensando y sintiendo en voz alta.
Stalin no fue un gran intelectual, pero sí fue un intelectual serio. Sobre todo, su creencia en el marxismo y el comunismo era completamente auténtica. Lo más importante que aprendí al escribir Stalin’s Library fue que era un intelectual emocional. La profundidad emocional de sus creencias e ideas le permitió sostener durante décadas la represión masiva de su régimen dictatorial. El aplastamiento de sus enemigos percibidos por parte de Stalin era político, no personal, pero estaba impulsado por una enorme fuerza emocional.
MF- ¿Hubo algo en su biblioteca que realmente te sorprendiera?
GR- Una cosa que no me sorprendió fue el carácter de la biblioteca de Stalin. Como marxista en la década de 1970, yo tenía una colección de libros similar. Tampoco había nada peculiar en la manera en que marcaba sus libros. Sus anotaciones eran similares a las mías, salvo que estaban mejor organizadas y eran más animadas.
Lo que sí me sorprendió fue el cuidado con el que Stalin leía los textos de sus adversarios políticos y cuánto aprendía de ellos. El principal ejemplo fue Trotski durante los primeros años posteriores a la revolución. La gente especula sobre cuánto pudo haber influido en Stalin la obra de Maquiavelo. En realidad, el texto que sirvió de guía para el autoritarismo y la brutalidad bolcheviques, Terrorismo y comunismo, fue escrito por Trotski: un folleto que Stalin admiraba profundamente.
La lectura de Stalin era principalmente marxista y socialista, pero también leía libros de una gran variedad de autores. Su historiador favorito, Yuri Vipper, no era marxista. Stalin estaba limitado por su marxismo dogmático, pero no cegado por él. Era capaz de mirar más allá de sus límites, una capacidad que le permitió adaptar su ideología frente a las realidades prácticas.

MF- También has escrito extensamente sobre la diplomacia soviética y los orígenes de la Guerra Fría. ¿Cómo ha cambiado tu investigación tu comprensión de la relación entre ideología e intereses tradicionales de las grandes potencias en la política exterior soviética? ¿Fue Stalin principalmente un revolucionario ideológico, un estadista ruso que perseguía intereses nacionales, o era engañosa esa distinción?
GR- En términos del debate clásico entre realpolitik e ideología en la política exterior soviética, mi investigación comenzó siendo bastante realista, pero gradualmente se fue concentrando más en la ideología.
Stalin y la política exterior soviética estaban, según me parece, impulsados por la ideología, pero la ideología en cuestión era práctica y producto de la experiencia, además de estar basada en una doctrina. La mejor manera de captar el papel de esa ideología en la diplomacia y en la toma de decisiones de política exterior es a través de la narrativa histórica: historias de acciones humanas que se desarrollan en condiciones materiales y contextos cambiantes, además de una historia de las ideas.
La historia de las transformaciones de la ideología, el discurso y la identidad soviéticos ha sido un tema central de mi investigación. Cuando los bolcheviques tomaron el poder en 1917, estaban guiados por la doctrina de la revolución mundial. Cuando la revolución no se materializó y se encontraron bajo asedio, adoptaron el concepto de coexistencia pacífica, concebido inicialmente como una táctica temporal de supervivencia, pero transformado en la década de 1920 en una estrategia de más largo plazo.
Después de la Segunda Guerra Mundial, la idea de coexistencia pacífica experimentó numerosas modificaciones, culminando en la distensión de la década de 1970. En ese momento, la colaboración y el intercambio con Occidente eran considerados necesarios para evitar una guerra nuclear, pero también como un medio para consolidar la posición del campo socialista y facilitar nuevos desplazamientos hacia la izquierda en la política mundial.
Sin embargo, esto abrió el bloque comunista a influencias externas que, bajo Gorbachov, se convertirían en un elemento importante de la historia de la caída de la URSS.
Mi investigación más reciente sobre la política exterior soviética se ha centrado en el papel del movimiento comunista transnacional por la paz en la transformación de la identidad estatal de la URSS después de la Segunda Guerra Mundial: de un Estado que se concebía a sí mismo como revolucionario a uno que se presentaba como amante de la paz.
La acción y el discurso del movimiento por la paz ayudaron a arraigar entre la élite soviética y en la sociedad soviética la idea de que era la lucha por la paz la que definía a la URSS como actor internacional. Esta autopercepción fue fundamental para atenuar los conflictos de la Guerra Fría, especialmente aquellos relacionados con guerras por delegación y enfrentamientos militares.
En realidad, Stalin fue bastante pasivo en relación con el desarrollo inicial del movimiento por la paz de la posguerra, pero permitió que sus dirigentes impulsaran un movimiento pluralista que, después de su muerte, reivindicaría cada vez más su independencia de Moscú.

MF- Mirando el conjunto de tus libros —desde Stalin y Zhúkov hasta la diplomacia soviética, la Segunda Guerra Mundial y la biblioteca de Stalin—, ¿qué esperas que los lectores comprendan sobre el sistema soviético? ¿Existe una idea equivocada central sobre la Unión Soviética que hayas intentado corregir a lo largo de tu carrera?
GR- Me acerqué al estudio de la historia soviética debido a mis convicciones socialistas. Quería saber cómo y por qué el socialismo soviético terminó siendo lo que fue y si existían alternativas históricas viables a la represión estalinista y al socialismo de Estado autoritario. Sobre todo, me interesaba la posibilidad de reformar el sistema, de hacerlo más humano y democrático.
Después de 50 años estudiando la URSS, mi juicio político personal sobre el proyecto soviético es ahora mucho más favorable de lo que era antes.
Durante más de siete décadas, la URSS representó una alternativa socialista y radical al capitalismo occidental. Fue el primer país socialista del mundo, un sistema basado en la propiedad pública, la planificación estatal, el bienestar social y valores igualitarios. Demostró que semejante sistema no era una utopía, sino una posibilidad práctica; de hecho, en determinados momentos el sistema soviético llegó a amenazar con superar económicamente incluso a los países capitalistas más avanzados.
En última instancia, los soviéticos perdieron la competencia económica con el capitalismo occidental, pero sí lograron construir una potencia industrial de primer nivel: una potencia que derrotó a la Alemania nazi, mantuvo a Estados Unidos en tablas durante la Guerra Fría y creó las bases militares, económicas, científicas, tecnológicas y culturales que sustentan el poder de la Rusia contemporánea.
Por supuesto, el sistema socialista soviético tenía graves defectos: era burocrático, represivo y a menudo corrupto. Nunca se deben olvidar los millones de personas inocentes que fueron víctimas del fanatismo de Stalin. Pero, tanto dentro como fuera del país, la URSS inspiró una enorme cantidad de idealismo y apoyo popular a lo largo de su existencia. Decenas de millones de personas en todo el mundo recuerdan con nostalgia el socialismo soviético.
Incluso quienes, como yo, somos críticos con el autoritarismo y la falta de democracia del sistema tenemos que admitir que tuvo tantas virtudes como defectos.
La Unión Soviética representaba el multinacionalismo, el internacionalismo y el antiimperialismo, y reivindicaba la coexistencia pacífica entre pueblos, sistemas y valores diferentes. Como Estado multinacional, la URSS ha sido descrita como un «imperio de acción afirmativa» que, en teoría, buscaba acabar con la opresión y dominación étnica rusa sobre las naciones minoritarias y establecer relaciones armoniosas entre las distintas naciones y grupos étnicos del Estado.
Sin embargo, mientras los soviéticos apoyaban el nacionalismo cultural, resistían implacablemente las demandas de independencia política y buscaban promover el patriotismo soviético como alternativa a la política nacionalista.
A pesar de estos esfuerzos, fue el nacionalismo —especialmente el nacionalismo ruso— el que contribuyó al colapso de la URSS.
Parafraseando al presidente ruso Vladímir Putin: si no echas de menos a la Unión Soviética, es que no tienes corazón; pero quien piense que puede resucitarla necesita que le examinen la cabeza.
