Por Manuel Férez. Profesor de Medio Oriente y Cáucaso
En Oriente Medio y el Cáucaso, las guerras no se libran solo en el campo de batalla. También se combaten con archivos, mapas, monumentos, nombres y libros de texto. Todo conflicto armado arrastra una disputa por el pasado, porque la historia ayuda a definir quién pertenece a un territorio y qué derechos se consideran legítimos.

En ningún lugar del Cáucaso Sur esa batalla por la memoria resulta hoy tan visible como en la relación entre Armenia y Azerbaiyán.
Un ejemplo reciente permite observar cómo funciona. A mediados de agosto, Estocolmo acogió la presentación de İrəvan – Qəlbimdə Yaşayan Yurdum («Iravan, la patria que vive en mi corazón»), de Zərifə Haqverdiyeva, profesora del Instituto de Manuscritos de la Academia Nacional de Ciencias de Azerbaiyán. El acto fue patrocinado por el Comité Estatal de Trabajo con la Diáspora y en la portada aparecen los minaretes del antiguo Kanato de Iravan.
La tesis de la obra, que la capital de Armenia constituye una «patria» azerbaiyana, no es una memoria individual desconectada de la política, forma parte de una narrativa que ha ganado fuerza después de la Segunda Guerra de Karabaj y de la toma de Nagorno-Karabaj en 2023. El libro condensa algunos de los mecanismos que sostienen esa narrativa.
Borrar, rebautizar, reclamar. Primero desaparece o se minimiza aquello que contradice el relato; después se transforma su identidad y, finalmente, esa nueva lectura del pasado se convierte en un argumento político sobre el presente. El libro de Haqverdiyeva no crea los mecanismos es una de sus expresiones más recientes.
No es que Armenia carezca de responsabilidades. También ha existido memoria selectiva y se produjeron daños contra patrimonio azerbaiyano y musulmán. Reconocerlo es necesario pero no elimina la actual asimetría de poder ni las diferencias en la escala de destrucción y control territorial.

Borrar
La destrucción puede ser un método para transformar el paisaje histórico.
El caso más conocido es Yulfa (Jugha en armenio), en la República Autónoma de Najicheván. Allí desaparecieron miles de jachkares, cruces de piedra armenias utilizadas como monumentos conmemorativos y funerarios, junto con iglesias y tumbas. El investigador Argam Ayvazyan documentó, entre 1964 y 1987, la desaparición de 89 iglesias, 5.840 jachkares y alrededor de 22.000 tumbas. Simon Maghakyan y Sarah Pickman calificaron esta destrucción como «el mayor genocidio cultural del siglo XXI». Caucasus Heritage Watch[1] ha documentado la desaparición de la inmensa mayoría de los sitios armenios localizables en Najicheván.
Después de 2020, la preocupación se trasladó a Nagorno-Karabaj y los territorios recuperados/ocupados por Azerbaiyán. Caucasus Heritage Watch ha registrado daños o transformaciones en iglesias y monasterios como Ghazanchetsots, San Juan Bautista, Gandzasar, Dadivank y Amaras, incluso después de que la Corte Internacional de Justicia ordenara medidas destinadas a prevenir actos de vandalismo contra el patrimonio armenio.
UNESCO propuso misiones para inventariar el patrimonio, pero esas iniciativas no llegaron a materializarse al negar Bakú el acceso. Sin observación internacional independiente, resulta muy difícil determinar qué se conserva, qué se transforma y qué desaparece.
Durante el período de control armenio de Nagorno-Karabaj, (1994 y 2020), también hubo daños contra patrimonio azerbaiyano y musulmán pero la discusión no puede reducirse a una competición de agravios. El problema actual incluye la capacidad de controlar el acceso, modificar monumentos y construir después una nueva narrativa sobre su identidad.
Aquí aparece otro elemento: la diplomacia cultural de Bakú. Azerbaiyán, a través de la Fundación Heydar Aliyev, ha financiado desde 2012 restauraciones y proyectos culturales en Roma, incluidas intervenciones en las catacumbas. No existe evidencia de que el Vaticano respalde sus tesis territoriales o históricas pero ese mecenazgo azerí proporciona visibilidad y capital simbólico, que Bakú incorpora a su imagen internacional.
La paradoja es evidente: un Estado puede presentarse como protector del patrimonio y, al mismo tiempo, ser acusado de destruir, alterar o reclasificar el patrimonio de otra nación.

Rebautizar
Borrar no siempre basta. También puede ser necesario cambiar la identidad de aquello que permanece.
Bakú ha promovido la idea de una «Iglesia Apostólica Albanesa», vinculada a la comunidad udi, una pequeña población cristiana del Cáucaso. Los udis mantienen vínculos históricos reales con la antigua Albania caucásica. El problema surge cuando esa continuidad se amplía hasta incluir monumentos cuya arquitectura, epigrafía e historia están claramente vinculadas con la tradición armenia.
El investigador Hratch Tchilingirian ha descrito este proceso como una forma de «ingeniería inversa»: se niega o reduce la evidencia existente y después se presenta una nueva historia como si siempre hubiera sido la original.
Dadivank es uno de los casos más visibles. Tras pasar al control de Azerbaiyán en 2020, el monasterio comenzó a ser presentado como parte de la herencia de los descendientes de la Albania caucásica y quedó asociado a la comunidad udi. El presidente Ilham Aliyev ha llegado a describir algunos monasterios armenios como templos udis «usurpados» o «falsificados».
La cuestión no es negar la existencia histórica de la Albania caucásica ni los vínculos de los udis con ella. El problema es utilizar esa herencia para absorber monumentos armenios de períodos posteriores y transformar su identidad documentada.
Bakú también ha cultivado relaciones con la Iglesia católica y ha exhibido sus inversiones culturales en Italia. En espacios vinculados al Vaticano se han presentado conferencias y publicaciones favorables a la narrativa oficial azerbaiyana. Eso no implica respaldo vaticano, pero el prestigio de esos espacios puede resultar útil en la batalla internacional por la historia.

Reclamar
El tercer mecanismo es el más ambicioso: utilizar una determinada lectura del pasado para sostener una reivindicación sobre el territorio.
La arqueología sitúa el origen de Ereván en Erebuni, una fortaleza urartia fundada en el siglo VIII antes de Cristo por Argishti I. Como muchas ciudades antiguas, Ereván es un palimpsesto: urartio, persa, armenio, árabe, mongol, safávida, vinculado al kanato de Iravan, ruso y soviético.
El problema comienza cuando esa historia compleja se reduce a una sola genealogía legítima.
Aquí el libro presentado en Estocolmo adquiere su verdadero significado. Su título, İrəvan – Qəlbimdə Yaşayan Yurdum, convierte una memoria de pertenencia en una afirmación sobre el espacio. La elección de «patria» permite presentar la actual capital de Armenia como un lugar cuya identidad azerbaiyana habría sido borrada o arrebatada.
La portada completa esa operación. Los minaretes del antiguo Kanato de Iravan remiten a una historia real de presencia musulmana y turco-persa en la ciudad, pero esa es solo una de sus capas históricas. Ereván no fue exclusivamente armenia ni exclusivamente musulmana. El problema comienza cuando una de esas capas se convierte en la única identidad legítima.
En ese sentido, el libro es un ejemplo concreto del proceso que atraviesa este artículo. No necesita destruir físicamente un monumento: selecciona una parte del pasado, la convierte en identidad exclusiva y la utiliza para sostener una idea de pertenencia territorial en el presente.
Sobre esa reducción se ha construido el concepto de «Azerbaiyán Occidental». La actual Armenia, incluida su capital, es presentada como un territorio del que poblaciones turco-musulmanas fueron expulsadas en diferentes oleadas: 1905-1906, 1918-1920, 1948-1953 y 1988-1991. Algunas de esas experiencias, especialmente las deportaciones estalinistas de 1948-1953, están documentadas y forman parte de un sufrimiento histórico real.
Reconocerlo no significa que ese sufrimiento pueda convertirse automáticamente en un título de soberanía sobre otro Estado.
Desde 2022, la narrativa del «Azerbaiyán Occidental» se ha institucionalizado con mayor intensidad. La llamada Comunidad de Azerbaiyán Occidental y el «Concepto de Retorno» de 2023 han recibido apoyo y difusión desde estructuras estatales, parlamentarias y mediáticas.
Existe además una contradicción difícil de ignorar. Mientras Bakú promueve el retorno de quienes denomina «azerbaiyanos occidentales», más de 100.000 armenios fueron desplazados de Nagorno-Karabaj en 2023 y no existe un horizonte equivalente para su retorno bajo condiciones de seguridad y garantías internacionales.
Negar el sufrimiento histórico del pueblo azerbaiyano sería injusto. Convertirlo en una reclamación territorial sobre Armenia es otra cosa: utilizar el dolor del pasado para redefinir las fronteras del presente.

La batalla por la memoria
El libro presentado en Estocolmo permite volver al punto de partida. No explica por sí solo la política de Bakú ni es la causa de la disputa entre Armenia y Azerbaiyán. Es una ventana hacia ella. En su título, su portada y su idea de Ereván como «patria» azerbaiyana se concentra una operación más amplia: seleccionar el pasado y convertir una historia de presencia en una reclamación sobre el presente.
Borrar, rebautizar, reclamar: tres mecanismos que pueden formar parte de una misma batalla por la memoria.
Si un monumento armenio puede ser reclasificado, si una ciudad de historia compleja debe conservar una sola identidad legítima y si el sufrimiento real de poblaciones desplazadas se transforma en argumento sobre el territorio de un Estado vecino, la historia deja de ser únicamente objeto de investigación. Se convierte en instrumento político.
Una paz duradera exigirá acceso internacional independiente al patrimonio y el abandono explícito de las reclamaciones territoriales mutuas.
Armenia no está libre de errores ni de memoria selectiva. Pero reconocer esas responsabilidades no obliga a ignorar la actual asimetría de poder ni a aceptar que la historia pueda convertirse en una licencia para reclamar el territorio de otro.
Porque una expulsión no siempre se produce con soldados y fronteras. También puede ocurrir cuando se borra una iglesia, se cambia el nombre de un monumento o se transforma la memoria de una nación en la prueba de que nunca estuvo allí.
Y esa es la forma más silenciosa de expulsión: expulsar a un pueblo de su propia historia.
