La relación entre lengua, identidad y experiencia de guerra ocupa un lugar central en la trayectoria del escritor ucraniano Volodymyr Rafeyenko. En abril de 2026, durante una conversación en Colgate University (1), Rafeyenko volvió sobre una de las decisiones más significativas de su vida: abandonar el ruso, lengua en la que había desarrollado buena parte de su producción literaria, para comenzar a escribir en ucraniano, proceso que él mismo describe como una forma de aprendizaje, transformación personal y resistencia. En esta entrevista profundizamos en ese tránsito y en las razones que lo hicieron necesario, pero también en las consecuencias que tuvo sobre su escritura, su memoria y su manera de comprender la identidad. A partir de su experiencia como escritor rusófono nacido en Donetsk y posteriormente desplazado por la guerra, Rafeyenko reflexiona sobre lo que significa elegir una lengua, aprenderla desde la literatura y descubrir que el cambio lingüístico puede modificar incluso la relación con los propios recuerdos.

Manuel Férez- En la entrevista dices que la guerra que libra Rusia está «profundamente arraigada en la lengua, la cultura y la literatura rusas». ¿Qué ejemplo de esta relación es el más representativo?
Volodymyr Rafeyenko- El ejemplo más representativo es el poema de Iósif Brodsky «Sobre la independencia de Ucrania», escrito en 1992, ya después del 24 de agosto de 1991, cuando una sesión extraordinaria de la Rada Suprema de la RSS de Ucrania aprobó el histórico documento sobre la creación de un Estado ucraniano independiente. Esta obra es, sin duda, una clara manifestación del imperialismo cultural ruso.
En ella, un poeta reconocido mundialmente, disidente y ganador del Premio Nobel, es incapaz de aceptar que Ucrania deje de tener el estatus de colonia. Su poema, de hecho, es un conjunto de metáforas duras, ofensivas e injustas, basadas en estereotipos nacional-chovinistas rusos. Brodsky profetiza en este poema que los ucranianos, en su lecho de muerte, no «roncarán» los versos de Tarás Shevchenko, sino la gran poesía de Aleksandr Pushkin.
A este ejemplo, que es clásico y citado con frecuencia por los investigadores, puedo añadir mi propia experiencia. Perdí mi pequeña patria —una ciudad del este de Ucrania, Donetsk— cuando en 2014 entraron en la ciudad militares rusos. Los rusos justificaron este acto de agresión por la necesidad de «proteger a la población rusoparlante». Pero yo mismo era representante de esa misma población rusoparlante. La verdad, sin embargo, era que yo no necesitaba ser protegido de mi propia Patria.
Hasta los 45 años (hasta que los rusos anexaron Donbás y Crimea) hablé exclusivamente en ruso. Obtuve educación superior en la especialidad de «lengua y literatura rusas». Para 2014 (el año del comienzo de la guerra de Rusia contra Ucrania), había recibido varios premios literarios internacionales en Moscú por novelas escritas en ruso, pero jamás en mi vida experimenté ningún problema por ser un ucraniano rusoparlante y utilizar esta lengua tanto en la vida cotidiana como en el trabajo.
Está claro que, en este caso, el factor lingüístico y cultural fue utilizado como justificación de la agresión rusa contra Ucrania. Para los habitantes del Donbás era una mentira evidente; para la comunidad internacional, un pretexto oficial para la agresión y su justificación; y para Rusia, un ejemplo clásico de utilización de la cultura como arma.

MF- Describes la «conciencia imperial» como la convicción de que Rusia tiene derecho a decidir el destino de otros pueblos. ¿Cómo se refleja esta conciencia en la literatura rusa?
VR- La conciencia imperial rusa en la literatura se manifiesta mediante la afirmación axiomática del dominio cultural de Rusia con el fin de justificar las agresiones militares rusas y negar la subjetividad de otros pueblos.
Aleksandr Pushkin, en El prisionero del Cáucaso, romantiza y justifica el sometimiento de los pueblos caucásicos. En Poltava representa a Iván Mazepa como un traidor insidioso, y no como un líder que se pronunció por la independencia de su nación. En la novela de Mijaíl Lérmontov Un héroe de nuestro tiempo, los pueblos originarios (cherkesos, chechenos) son mostrados como salvajes insidiosos que necesitan el orden civilizador ruso.
En algunas obras de León Tolstói y en la prosa y los diarios de Fiódor Dostoyevski, hasta donde recuerdo, está presente la afirmación del papel mesiánico universal del pueblo ruso. En la literatura soviética, el mito imperial fue reformulado como mito soviético. Pero, en esencia, se trata de la misma concepción. La dominante nacional era precisamente el pueblo ruso, como «hermano mayor» dentro de la «gran familia de los pueblos soviéticos».
Ya hemos mencionado anteriormente a Iósif Brodsky, uno de los más destacados poetas rusos del siglo XX. Su poema Sobre la independencia de Ucrania es un claro ejemplo de un texto que constituye una abierta desvalorización de la idea de la independencia ucraniana, de la cultura ucraniana y de la conciencia nacional ucraniana.
Pero es necesario decir que la literatura del Imperio ruso no podía ser diferente. Y, en este sentido, los acentos culturales, políticos y nacionales en la obra de los geniales escritores mencionados anteriormente eran absolutamente naturales. Y, por supuesto, no disminuyen en absoluto su importancia dentro de la cultura mundial. Simplemente demuestran con claridad la falta de autonomía filosófica y humana de su pensamiento, su completa subordinación a los clichés y narrativas imperiales existentes.
Estudios fundamentales sobre este tema son la monografía Los trovadores del Imperio, de Ewa Thompson, y la obra En los brazos del Imperio, de Myroslav Shkandrij.
MF- Después de 2014 pasaste del ruso al ucraniano. ¿Qué fue lo que más cambió en tu obra después de tomar esta decisión?
VR- Pasar de una lengua a otra, cuando no se trata solamente de comunicación en el ámbito cotidiano, sino precisamente de creación artística, supone un cambio de todo el paradigma de pensamiento.
Hasta 2014 yo no podía hablar ucraniano, aunque leía libros. Por eso, para alcanzar el nivel necesario de dominio de la lengua, tuve, en esencia, que aprender ucraniano desde el principio. Y la principal herramienta para aprender la lengua fue, para mí, la creación. Precisamente durante el proceso de escritura de mi primera novela en ucraniano, Mondegreen. Canciones sobre la muerte y el amor, finalmente sentí la enorme dimensión, el sabor y la alegría de la palabra ucraniana.
Y debo reconocer que, finalmente, no era yo quien dominaba la lengua, sino que la lengua me dominaba a mí. El escritor es un instrumento de la palabra, y no al revés. Por eso tuve que convertirme en otra persona para poder escribir textos literarios en ucraniano.
Lo principal que cambió fue que aumentó el nivel de actitud crítica hacia mi propio trabajo. Mis textos en ucraniano me exigen muchas veces más atención y esfuerzo que los textos en ruso de antes. Porque el ruso era la lengua que había escuchado desde la infancia, la lengua en la que me hablaba mi madre. El ucraniano es mi elección consciente. Y escribir textos literarios en ucraniano es un desafío consciente.
Tal vez por eso, en mi prosa y mis obras teatrales en ucraniano, según siento, hay significativamente menos palabras imprecisas y metáforas aproximadas, que son señal de una actitud inadecuada hacia el propio trabajo.

MF- Eres oriundo de Donetsk y viviste allí la ocupación de 2014. ¿Cuál es la idea equivocada sobre el Donbás que escuchas con mayor frecuencia fuera de Ucrania?
VR- Que el Donbás nunca fue Ucrania. Que los habitantes del Donbás son ellos mismos culpables de la anexión de la región por parte de los rusos y que «invitaron» a los rusos a entrar. La mayoría de las veces, este absurdo en la mente de las personas es consecuencia de la influencia ideológica de la maquinaria propagandística rusa.
MF- En la novela Mondegreen, la lengua está estrechamente vinculada con la identidad. ¿Es la transformación lingüística del protagonista también un reflejo de tu propia experiencia?
VR- En cierta medida, sí. La novela es autobiográfica. En ella, la Lengua es uno de los personajes centrales del libro. Ella da origen a una nueva Memoria, una nueva Realidad, una nueva Personalidad en el protagonista, y este proceso es la principal fuerza motriz de la trama.
MF- Escribiste Tiempos largos en ruso y Mondegreen en ucraniano. ¿Cómo influyó el cambio de lengua en la manera en que escribes sobre el Donbás?
VR- Siempre escribo sobre el Donbás con amor. Y con plena conciencia de mi pérdida.
En agosto de este año vio la luz mi nuevo libro, Recuerdos de los vivos. Historias de Donetsk. Es una colección de ensayos dedicada a Donetsk y a su gente. Está completamente impregnada tanto del sentimiento de amor como de la pérdida que no puede recuperarse.

MF- En tus libros aparecen con frecuencia los temas de la memoria, el desplazamiento forzado y la experiencia de la guerra. ¿Qué puede decir la literatura de ficción sobre la guerra que el periodismo no puede transmitir?
VR- La verdadera literatura ofrece al lector la posibilidad de convertirse en participante de un acontecimiento estético, de tal manera que el mundo artístico y todo lo que en él se representa se convierten en su situación personal interior.
¿Con qué ojos veo a Hamlet? ¿Con qué oídos escucho su conversación con Ofelia? Es evidente que no con los fisiológicos, sino con unos diferentes. Y mi conocimiento del mundo artístico es verdaderamente íntimo, interior. Mi conocimiento del mundo representado, del cual formo parte en el momento de la lectura, es también interior, no racional, no verbal, más profundo y fundamental.
La expresión artística, en este sentido, es la posibilidad de acceder a la esfera ontológica del ser y, evidentemente, de participar de aquel conocimiento que es primordial y verdadero en relación con cualquier juicio racional y cualquier afirmación de tipo racional.
En cuanto al periodismo, como indicador de la adecuación social de una sociedad, por definición nunca sabe lo que realmente está sucediendo. En el mejor de los casos, cuando el autor posee profesionalismo y un punto de vista de principios sobre el proceso, el periodismo registra los acontecimientos, los documenta y los ordena. Acumula y conserva información sobre ese horror (si hablamos de la guerra de Rusia contra Ucrania y contra el mundo de los valores occidentales) que está ocurriendo en el mundo. Pero ¿es capaz de comprender ese horror?
En mi opinión, el verdadero sentido de los acontecimientos se encuentra y despierta solamente en la literatura, en forma de mundo artístico y de una visión integral del mundo que adquiere el lector, quien atraviesa ese mundo no solo como observador, sino como participante activo de los acontecimientos.
En la literatura nos hacemos partícipes de esta integridad del ser y, ya a través de esa integridad, somos capaces de verbalizar unos u otros sentidos del momento histórico. Somos capaces de comprender la vida con una razón que es mayor que nosotros, mayor que nuestra experiencia, mayor incluso que el momento histórico concreto al que este texto pertenece.
MF- Si observas tu obra en conjunto, ¿la guerra cambió tu idea acerca de cuál debe ser el papel del escritor ucraniano?
VR- El escritor es una criatura que, al atravesar el tiempo y el espacio, da origen a textos. Y esta es una regla general para cualquier escritor, independientemente de su componente cultural y étnico.
La guerra agudizó la necesidad de escribir. La existencia en un estado traumático permanente impulsa a buscar incesantemente una metáfora, a sentir constantemente la vida como un abismo que necesita ser puesto en palabras, que necesita un texto. Y a transformar un dolor increíble y un horror indecible en belleza y comprensión.
* Esta entrevista fue traducida del ucraniano al español por mi colega Alejandro Pundyk a quien le agradezco el tiempo dedicado a ello.

