Por Andronik Papyan
Publicado originalmente por EVN Report https://evnreport.com/opinion/where-does-armenia-exist-memory-territory-and-the-diaspora/
¿Dónde existe una nación?
En 1607, el escriba Khachatur de Khizan terminó un manuscrito del Nuevo Testamento ricamente iluminado. Había comenzado su trabajo en Khizan, cerca del lago Van, pero lo concluyó en Isfahán, adonde había sido trasladado durante la reubicación forzosa de armenios hacia el interior de Persia, ordenada por el sah Abbas. En una nota que dejó en el manuscrito, Khachatur recuerda los acontecimientos de 1604 y describe el «sufrimiento, la destrucción y la ruina de la patria armenia». Diez años después de las deportaciones, otro escriba ya se refería a Isfahán como «mi tierra de Isfahán».
Gradualmente, el nuevo lugar se convirtió en hogar, pero el antiguo nunca fue olvidado.

¿Dónde existe una nación?
Los armenios se preguntan constantemente quiénes son. Pero, tarde o temprano, esta pregunta conduce a otra: ¿qué es una nación?, ¿existe realmente y, sobre todo, dónde existe? Hoy ya no se trata únicamente de una cuestión académica. Los principales fundamentos de la identidad armenia han sido puestos en cuestión: la memoria del Genocidio, Artsaj y la propia historia armenia, con su tradicional vínculo entre el pasado y la tierra.
Esto nos conduce a una paradoja difícil de ignorar. ¿Pueden los armenios aceptar la pérdida política de un territorio y, al mismo tiempo, preservar su memoria? Y, en términos más generales, ¿es posible la reconciliación sin amnesia histórica?
La respuesta comienza con una observación sencilla. La memoria no es un depósito de recuerdos ni un programa político en sí mismo, aunque puede ser producto de uno. Está vinculada a la historia, que leemos selectivamente, decidiendo qué preservar y qué dejar atrás. Con frecuencia queremos recordar quiénes fuimos. Pero esa memoria inevitablemente nos conduce a lugares que hoy se encuentran fuera de las fronteras de Armenia: Van y Mush, Ani y Kars, Najicheván y Artsaj. Por eso, nuestro sentido de pertenencia está estrechamente ligado a lugares que nunca hemos visitado y a acontecimientos que nunca hemos experimentado. Un armenio de Ereván o Los Ángeles puede identificarse como alguien originario de Mush o Van, aunque ni él ni sus padres hayan vivido allí.
Para muchos, esta memoria se convierte en fundamento de reivindicaciones territoriales, y sería deshonesto fingir lo contrario. Sin embargo, las reivindicaciones territoriales son solamente una de las posibles interpretaciones de esa memoria, y no necesariamente la más acertada. Las fronteras modernas responden a la cuestión de la soberanía, mientras que la memoria histórica responde a otra pregunta: dónde y de qué manera ha existido un pueblo a lo largo del tiempo. Preservar la memoria de Van, Ani, Mush, Kars, Najicheván y Artsaj no equivale a exigir su devolución.
Para evitar confundir estos conceptos, debemos distinguir tres elementos: territorio, presencia y memoria. Territorio significa la tierra y el control sobre ella. Presencia significa las personas que viven allí. Memoria es aquello que continúa vinculando a un pueblo con esa tierra incluso después de haber perdido el control sobre ella y de haber dejado de estar presente allí. La historia armenia ofrece una oportunidad excepcional para observar cómo estos tres elementos pueden separarse y qué permanece cuando desaparecen los dos primeros.

La memoria que elegimos
Antes de continuar, debemos aclarar qué entendemos por memoria, pueblo, nación y diáspora. Cada uno de estos conceptos remite a realidades históricas diferentes, y la manera en que los comprendemos determina en gran medida nuestras respuestas a las preguntas que hemos planteado.
Para nosotros, la memoria no es una visión única e inmutable del pasado, sino un conjunto de distintas maneras de mantener un vínculo con él. Estas incluyen historias familiares que se remontan al legendario Hayk, recuerdos de una ciudad o aldea particular y un patrimonio cultural transmitido de generación en generación. Para comprender cómo sobreviven estas formas de memoria a lo largo del tiempo, podemos recurrir a una distinción formulada por Jan Assmann. Este identifica dos tipos de memoria: la memoria comunicativa, que perdura en los relatos de los testigos y sus descendientes durante varias generaciones, y la memoria cultural, que se apoya en la escritura, los rituales y los símbolos, y puede sobrevivir durante miles de años.
Esta distinción es especialmente importante para la historia armenia. Desde una época temprana, la escritura armenia también sirvió como medio para preservar el pasado. Posteriormente aparecieron los hishatakarans, notas conmemorativas incorporadas a los manuscritos, que el historiador Sebouh Aslanian describe como «lugares de memoria». A través de ellas se conservaron nombres, acontecimientos e información sobre determinados lugares, en ocasiones mucho después de que las personas hubieran abandonado esos territorios. Los símbolos nacionales funcionan de manera muy similar. Pensemos en el monte Ararat, que lleva más de un siglo fuera de las fronteras del Estado armenio, pero continúa siendo uno de los símbolos más reconocibles de Armenia.
Sin embargo, la memoria no se conserva únicamente en libros y símbolos. También se transmite dentro de las familias, y las generaciones posteriores pueden experimentar lo que vivieron sus antepasados casi como si se tratara de experiencias propias. La investigadora literaria Marianne Hirsch describe este fenómeno mediante el concepto de posmemoria. Se refiere a la relación de la segunda generación con acontecimientos poderosos, a menudo traumáticos, que tuvieron lugar antes de su nacimiento. Esta conexión con el pasado no se construye a través de recuerdos personales, sino mediante relatos, imaginación, proyección y creatividad. En el caso armenio, el ejemplo más evidente es la memoria del Genocidio. Pero un proceso similar también puede observarse en la preservación de las identidades regionales. Un descendiente de repatriados de Kessab, en Siria, que haya crecido en Ereván, puede sentir nostalgia por una aldea que nunca ha conocido. Lo importante aquí no es tanto la ascendencia en sí misma como la capacidad de un pasado heredado para convertirse en parte de la identidad personal.
Esta comprensión de la memoria también nos invita a observar de otra manera la relación entre un pueblo y su territorio. En este punto recurrimos al trabajo de la antropóloga Liisa Malkki, quien demostró que la idea de los pueblos como comunidades necesariamente «arraigadas» en el territorio de un Estado particular no es natural ni universal. Se trata de una forma de pensamiento desarrollada históricamente, presente no solo en los Estados nacionales, sino también en la investigación académica. El historiador Benjamin Braude, al estudiar el mundo premoderno, señaló igualmente que el vínculo con una patria no implicaba siempre el tipo de pertenencia territorial exclusiva asociada al Estado-nación moderno. Por lo tanto, cuando hablamos de la relación histórica entre los armenios y determinados lugares, debemos tener cuidado de no proyectar sobre el pasado las ideas modernas de fronteras y soberanía.

Un pueblo sin un Estado propio
Se suele asumir que cada nación tiene un territorio «propio», generalmente la tierra donde existe o debería existir su Estado nacional. Sin embargo, durante la mayor parte de la historia armenia, los territorios habitados por armenios no encajaron dentro de las fronteras de un único Estado. La propia idea de que cada nación necesita un Estado propio con fronteras claramente delimitadas apareció mucho después.
El deseo de definir un territorio «propio» conduce inevitablemente a la búsqueda de fronteras ideales. Durante los siglos XIX y XX, estas reivindicaciones se convirtieron repetidamente en causas de guerra. Sin embargo, como señala Razmik Panossian, los intelectuales armenios del siglo XIX imaginaban su patria como un espacio que comprendía los vilayatos otomanos y la Armenia rusa, sin intentar establecer sus fronteras exactas. La idea de una patria histórica podía existir, por lo tanto, sin necesidad de definirla políticamente.
Pero el mundo armenio no se configuró únicamente en la patria histórica. También comprendía comunidades muy alejadas entre sí, donde la cultura armenia continuó desarrollándose. Entre los siglos XVII y XIX, Nueva Julfa, Constantinopla, Tiflis, Venecia y los asentamientos armenios en India se convirtieron en algunos de sus centros más importantes. Durante este período, buena parte de la vida cultural e intelectual armenia se desplazó desde la patria histórica hacia las comunidades de la diáspora. En el siglo XX, el Líbano adquirió especial importancia, y su comunidad armenia se convirtió en un modelo de vida diaspórica durante las décadas de 1920 y 1930. Las comunidades armenias en Rusia también continuaron desempeñando un papel relevante.
La diáspora puede desplazar el sentido de pertenencia desde una patria particular hacia una comunidad transnacional más amplia, y ese sentido de pertenencia no implica necesariamente el deseo de regresar. En otras palabras, el mundo armenio estaba unido no solo por un territorio histórico compartido, sino también por los vínculos entre comunidades situadas a grandes distancias unas de otras.
Sin embargo, el carácter transnacional del mundo armenio no significa que el territorio haya perdido importancia para la identidad nacional. La creencia en el derecho a las tierras ancestrales sigue siendo uno de los fundamentos de la identidad nacional. La cuestión, más bien, es cómo los armenios comprendieron y mantuvieron su vínculo con sus territorios históricos durante los períodos en que carecieron de control político sobre ellos. Para encontrar una respuesta, debemos remontarnos mucho antes de la aparición de los Estados nacionales modernos.
Un espacio creado mediante las palabras
La idea de un espacio armenio no fue configurada únicamente por las fronteras políticas, sino también a través de la escritura histórica. El historiador Tim Greenwood demuestra que incluso durante la Antigüedad tardía no existía una única comprensión de ese espacio. Junto al territorio político del Reino arsácida, que llegó a su fin en 428, existía también un espacio eclesiástico: una red de obispados bajo la autoridad del catolicós. Por su parte, los autores armenios lo describían como la tierra de los descendientes de Hayk, sin definir sus fronteras exactas. Sin embargo, resulta imposible saber hasta qué punto estas ideas eran compartidas en aquella época. Nos encontramos, fundamentalmente, ante una tradición literaria.
Esta tradición permitió, no obstante, preservar la imagen de una Armenia unificada incluso cuando la realidad política no se correspondía con ella. Como señala Greenwood, los autores armenios procuraron crear una percepción de un espacio armenio diferenciado, en ocasiones en contraste con las divisiones administrativas existentes. Esto resulta especialmente evidente en la Historia de Armenia, de Movses Jorenatsi. Al remontar los orígenes armenios hasta el legendario Hayk, conectó la genealogía del pueblo armenio con la narración bíblica y su patria histórica con el monte Ararat y los territorios circundantes. La historia de la lucha entre Hayk y Bel también se convirtió en un relato sobre la libertad, la resistencia a la tiranía y el derecho a vivir en la tierra ancestral. De este modo, la idea de un territorio histórico se justificaba menos a través del poder político que mediante un sentido compartido de origen e historia.
Otro ejemplo es el Ashkharhatsuyts, una obra geográfica armenia de la Alta Edad Media. Presenta la Gran Armenia como un espacio unificado compuesto por quince provincias, pese a las divisiones políticas, religiosas y lingüísticas existentes en aquella época. El autor también describe regiones que ya habían pasado a estar bajo el control de Estados vecinos, entre ellas Artsaj, que había sido transferida a la Albania caucásica. Como observa Greenwood, la geografía de la Gran Armenia ya era histórica cuando se escribió el texto: su máxima extensión territorial pertenecía desde hacía tiempo al pasado. Así, el Ashkharhatsuyts describía no solo un espacio geográfico, sino también la manera en que ese espacio continuaba siendo recordado.
Sin embargo, la memoria histórica hizo algo más que preservar el pasado. También podía reformular sus fronteras, destacando determinados territorios y dejando otros de lado. Greenwood llama la atención sobre el destino de la Armenia romana, que en la tradición histórica armenia se convirtió en «un espacio no silencioso, sino silenciado». En otras palabras, la idea del mundo armenio no se configuró a partir de la totalidad de la experiencia histórica, sino de aquello que los autores consideraron digno de ser preservado.
La memoria escrita adquirió una importancia especial después de las deportaciones de comienzos del siglo XVII. La historiadora Aida Gureghyan muestra cómo los hishatakarans ayudaron a los armenios a dar sentido al exilio y preservar su sentido de comunidad. Compara estos registros con «un álbum familiar del pueblo armenio, lleno de imágenes del pasado, interpretaciones del presente, oraciones y esperanzas para el futuro». Al mismo tiempo, difícilmente podemos considerar a los autores de los hishatakarans testigos imparciales. El historiador Avedis Sanjian los criticó por sus perspectivas limitadas y su tendencia a dramatizar los acontecimientos. Pero, como sostiene Gureghyan, cuando estudiamos cómo los armenios se comprendían a sí mismos y a su pasado, esa subjetividad no constituye un obstáculo, sino una característica importante de la fuente.
Con el paso del tiempo, también cambiaron las formas de representar este espacio. Sebouh Aslanian compara dos mapas que ilustran esta transformación. El primero, creado a finales del siglo XVII, representa Armenia mediante la ubicación de unos 800 lugares sagrados, sin fronteras políticas claramente definidas. Según la descripción de Aslanian, se trataba de un espacio «difuso antes que geométrico». El segundo mapa, encargado por el comerciante de Madrás Shahamir Shahamirian en 1778, presenta la Gran Armenia con ciudades, ríos, montañas y una capital situada en Ereván. Mientras el primer mapa refleja la geografía sagrada del mundo armenio, el segundo muestra un intento de imaginarlo como una futura entidad política.
Esta distinción también es importante para el debate actual sobre Armenia. Cuando el primer ministro Nikol Pashinyan habla del territorio de 29.743 kilómetros cuadrados de la República de Armenia y pide a los armenios que dejen de buscar una patria más allá de sus fronteras, no está hablando únicamente de los límites estatales, sino también del significado mismo de la patria. Sin embargo, las fronteras de un Estado soberano y el espacio histórico de un pueblo no son la misma cosa. Reducir la historia armenia y la geografía de su memoria al territorio actual de la república significa ignorar cómo los armenios han comprendido e imaginado su patria a lo largo de los siglos.

Multilocalidad
Durante siglos, el mundo armenio existió simultáneamente en múltiples centros. Esta dispersión, a menudo descrita como multilocalidad, permitió que comunidades que vivían bajo distintas autoridades políticas y a grandes distancias unas de otras mantuvieran sus vínculos y sostuvieran una vida cultural compartida. Estaban unidas por la fe, la memoria histórica y, posteriormente, la idea de nación. Al mismo tiempo, no existía una única comprensión de la identidad armenia. Como señala Razmik Panossian, los armenios «fueron y siguen siendo una nación heterogénea» que no se desarrolló alrededor de un solo centro.
Esta dispersión también tuvo sus ventajas. Panossian recuerda la observación del historiador George Bournoutian, según la cual la ausencia de unidad política resultó ser una «bendición disfrazada» para los armenios: su cultura continuó desarrollándose incluso después de la caída de los reinos y la destrucción de sus capitales. A medida que algunos centros declinaban, otros preservaban y desarrollaban la vida cultural armenia.
Gran parte de este proceso fue posible gracias a los recursos de las propias comunidades. Los comerciantes armenios, «en parte por sentido del deber, en parte por fe y en parte por necesidad social y comercial», financiaron la construcción de iglesias, la apertura de escuelas, la impresión de libros y diversos proyectos intelectuales. La riqueza de Nueva Julfa desempeñó un papel especialmente importante, respaldando actividades culturales mucho más allá de la propia comunidad. De esta manera, los centros de la diáspora asumieron algunas de las funciones que desempeñaba el Estado en los países europeos, particularmente en los ámbitos de la educación y la cultura. Sin embargo, sus actividades no estaban dirigidas desde un único centro.
Las distintas comunidades también desarrollaron sus propias ideas sobre lo que significaba ser armenio. Por ejemplo, los mequitaristas de Venecia no inventaron la nación armenia, sino que la redescubrieron para la era moderna. Sin embargo, sus actividades encontraron oposición. El catolicós Simeón de Ereván consideraba a los armenios católicos y a los mequitaristas «ajenos y hostiles a la identidad armenia». Al mismo tiempo, la expansión de la imprenta durante los siglos XVII y XVIII contribuyó a configurar una comprensión religiosa de la comunidad armenia centrada en Echmiadzin. Así, el renacimiento cultural no fue un proceso único y homogéneo: distintos centros definieron a su manera lo que significaba ser armenio.
De estas actividades dispersas y, en ocasiones, contradictorias surgió gradualmente el movimiento nacional armenio de los siglos XIX y XX. Panossian identifica tres centros principales donde tomó forma: Constantinopla, vinculada a los círculos intelectuales armenios de Europa; Tiflis, que mantenía estrechos vínculos con Moscú, San Petersburgo y Dorpat; y los seis vilayatos de la Armenia otomana. Su interacción contribuyó al desarrollo de la idea nacional, pero también reforzó las diferencias entre los armenios occidentales y orientales, sentando parte de las bases de la posterior división entre patria y diáspora.
La diversidad también estaba presente dentro de las propias comunidades. En el Líbano de las décadas de 1920 y 1930 existían más de treinta asociaciones armenias de oriundos que mantenían vínculos con ciudades y regiones específicas de la patria histórica. Algunos dirigentes laicos de la diáspora las calificaban de «malas hierbas inútiles», pues consideraban que esas asociaciones obstaculizaban la unidad. De esta manera, el deseo de preservar las identidades locales podía entrar en conflicto con la idea de una pertenencia nacional compartida.
Esta experiencia histórica también es importante para la Armenia contemporánea. La república existe fundamentalmente gracias a sus ciudadanos, que contribuyen a su desarrollo y asumen la responsabilidad por su futuro. Pero la vida nacional armenia nunca se ha limitado a la población de un único Estado. La diáspora ha contribuido a configurar la cultura nacional armenia y su conciencia histórica mientras vivía fuera de la patria. Por lo tanto, su voz no puede quedar excluida del debate armenio más amplio simplemente por el lugar donde residen sus integrantes. Otra cuestión es cómo debe tenerse en cuenta esa voz a la hora de adoptar decisiones políticas que afectan principalmente a quienes viven en la república.
La multilocalidad, por consiguiente, no implica una unidad absoluta ni una influencia equivalente de todas las comunidades sobre la vida nacional. Su importancia reside en otro aspecto: la cultura y la identidad armenias se desarrollaron mediante la interacción de numerosos centros, cada uno de los cuales preservó sus características particulares y, al mismo tiempo, contribuyó a un proceso histórico compartido.

Dos memorias de un mismo pueblo
Para una gran parte del pueblo armenio, el paso de la presencia a la memoria fue consecuencia del Genocidio. Razmik Panossian lo denomina «la piedra angular de la identidad armenia moderna, especialmente en la diáspora». Marcó tanto una ruptura con el pasado y con la patria histórica como el establecimiento de una perspectiva a través de la cual las generaciones posteriores comprendieron su historia nacional. El Genocidio puso fin a la presencia armenia en gran parte de la Armenia histórica. Para los descendientes de los supervivientes, esto es precisamente lo que significa la posmemoria: acontecimientos que nunca presenciaron se convierten en parte de sus vidas a través de historias familiares, fotografías y rituales.
Esto nos conduce a una diferencia importante que no debe pasarse por alto. La diáspora armenia del siglo XX era predominantemente armenia occidental, y su patria histórica no era la Armenia soviética, sino la Armenia occidental, otomana. Los armenios orientales consiguieron su propio Estado, primero como república independiente y después como república soviética, mientras que buena parte de la vida armenia occidental continuó desarrollándose en la diáspora. La Armenia histórica y simbólica era más extensa que el Estado armenio y, para muchos armenios de la diáspora, era precisamente esa Armenia más amplia la que seguía siendo su patria. Durante generaciones, crecieron escuchando historias sobre el «viejo país» y preservando su identidad en entornos extranjeros y, en ocasiones, hostiles. Por eso, muchos están dispuestos a apoyar la reconciliación con Turquía, pero no a costa de renunciar a su Armenia simbólica. Para los descendientes directos de los supervivientes del Genocidio, esta memoria es a veces lo único que queda de su patria ancestral.
Es posible que, con el tiempo, la identidad dentro de la República de Armenia adquiera un carácter cada vez más estatal y cívico, mientras que la identidad de la diáspora siga siendo predominantemente histórica, arraigada en la ascendencia y vinculada a una patria que trasciende cualquier territorio particular. Panossian señala que la patria y la diáspora nunca han desarrollado un sentido único y uniforme de pertenencia nacional. Después de 1991, los armenios de ambos lados de esta división tomaron especial conciencia de cuán diferentes eran entre sí.
Esto hace que la política de homogeneización sea aún más peligrosa. No me refiero a la homogeneidad étnica: Armenia ya era la más homogénea étnicamente de las repúblicas soviéticas. Me refiero al intento de reunir toda la diversidad de la memoria armenia bajo una única narrativa aprobada por el Estado. En mi opinión, esto es precisamente hacia donde conduce la política actual: en nombre de una prometida reconciliación con los países vecinos, se pide a los armenios que limiten su idea de patria a las fronteras de la república. Y se supone que esta reconciliación debe desarrollarse en los términos de sus vecinos. Esto es inaceptable. Una política semejante corre el riesgo de dividir a los armenios en bandos enfrentados en lugar de unirlos. Sin embargo, la diversidad en sí misma no constituye una amenaza para una nación mientras se mantenga un fuerte sentido de pertenencia compartida.
De hecho, algo parecido ya ocurrió anteriormente. Durante el período soviético, los círculos de la FRA-Dashnaktsutyun en el extranjero consideraban a la Armenia soviética un Estado títere dirigido por comunistas ateos, mientras que los ramgavares la apoyaban. Por su parte, el liderazgo soviético veía a la diáspora como «un simple apéndice sin propósito propio». Hoy, una vez más, se nos ofrece una especie de monstruo de Frankenstein en forma de Estado-nación, en el que se espera que los ciudadanos armenios se desconecten de una parte viva de sí mismos, mientras que únicamente las fronteras estatales, los símbolos y los manifiestos son considerados dignos de atención. Pero ¿puede un pueblo separarse tan fácilmente de su historia y declarar después que esa separación es una condición para su futuro? Panossian advirtió que el concepto de ciudadanía debe utilizarse con cautela al hablar de los armenios: la ciudadanía está vinculada al Estado, mientras que la comunidad armenia ha existido históricamente sin un Estado propio.
Al mismo tiempo, el Estado soviético no fue simplemente una maquinaria destinada al olvido. Bajo Stalin se impuso una «amnesia colectiva promovida por el Estado», que los repatriados intentaron superar en sus vidas privadas. Pero, posteriormente, ese mismo Estado levantó monumentos en memoria de las víctimas del Genocidio y de la batalla de Sardarapat. Ya en 1962, durante una celebración del alfabeto armenio, Hovhannes Shiraz preguntaba abiertamente en su poesía cuándo serían devueltas Ani, Ararat, Kars y Ardahan. Incluso la política de memoria del propio Estado no fue inmutable. Y no hay ninguna razón para que el rumbo actual deba convertirse en permanente.
Con la independencia surgió otra contradicción. Durante la década de 1990, Levon Ter-Petrosyan insistió en que las decisiones políticas debían tomarse «aquí, en esta tierra»: el gobierno representaba a quienes vivían en Armenia, «el núcleo de la nación», mientras que la diáspora podía proporcionar apoyo financiero. Existe una lógica evidente en este planteamiento: el futuro de un Estado debe ser decidido principalmente por sus ciudadanos. Ellos pagan impuestos, defienden el país y viven con las consecuencias de las decisiones políticas. Pero ¿significa esto que los armenios que viven fuera de la república deben permanecer en silencio ante el destino de su patria histórica? Si el derecho a participar en la vida nacional siempre hubiera dependido del lugar de residencia registrado de cada persona, difícilmente habría tenido lugar el propio renacimiento nacional armenio.
Hoy, esta contradicción se ha vuelto todavía más aguda. Es como si se nos pidiera aceptar que, si un territorio ya no pertenece al Estado armenio y los armenios han dejado de vivir allí, podemos simplemente olvidarnos de él y del patrimonio construido allí durante siglos. Esto crea una lógica extraña: la ausencia de presencia armenia debería justificar también el abandono de la memoria de esa presencia. Pero preservar precisamente esa memoria es lo que la cultura armenia ha procurado hacer durante siglos.
Un enfoque semejante podría alejar al Estado de la diáspora y dejar a cada uno atrapado en su propia burbuja. Un lado podría refugiarse en un revanchismo imposible de llevar a la práctica. El otro podría estar dispuesto a pagar cualquier precio por la ilusión de una «era de paz», presentada como algo que exige abandonar los fundamentos históricos y políticos de la estatalidad armenia establecidos en la década de 1990. Esta clase de división ya se produjo anteriormente. En los años noventa, la imagen de la patria y la diáspora como «las dos alas de un mismo pájaro» pronto fue sustituida por la amarga constatación de que el pájaro no podía volar. En ocasiones, las cosas llegaron a un punto absurdo: en 1995, un miembro de Dashnaktsutyun escribió que sería preferible que Armenia fuera ocupada por Turquía antes que gobernada por Ter-Petrosyan. Como podemos ver, el radicalismo no es exclusivo de uno de los lados. La relación entre la república y la diáspora puede y debe replantearse, pero no bajo amenazas ni como una elección entre una cosa u otra.
Hay algo aún más preocupante. Con la aparición de un Estado-nación armenio, las instituciones de la diáspora corren el riesgo de dejar de considerarse guardianas independientes de la identidad armenia. La responsabilidad de preservar esa identidad se está transfiriendo cada vez más a la república, cuyos ciudadanos ya deben hacer frente a desafíos constantes. Pero ¿por qué debería un Estado fundado a finales del siglo XX asumir en solitario la responsabilidad por el patrimonio histórico de un pueblo que existe desde hace miles de años?
Por eso, preservar la multilocalidad armenia debería convertirse en una de las principales prioridades de los armenios que viven fuera de la república. La diáspora no es una extensión del Estado ni una billetera de reserva a la que recurrir cada vez que surge una nueva crisis. Sigue siendo un pilar de apoyo de la patria histórica por derecho propio, por distante, olvidada o incluso poco querida que esa patria pueda parecer en ocasiones. De lo contrario, el pueblo armenio estará poniendo todos sus huevos en una sola canasta: un Estado que recuperó hace relativamente poco tiempo. Y la historia armenia nos enseña a manejar esa canasta con cuidado.
Armenia, separada de la diáspora incluso en el plano simbólico, podría volverse políticamente más independiente, pero también más vulnerable. Una diáspora numerosa y bien organizada es casi tan importante para la supervivencia de una nación como sus propias instituciones estatales. No puede sustituir al Estado en todos los aspectos, pero sí puede sostener la vida armenia allí donde el poder estatal es débil o está ausente. Y después de tantos siglos de historia, renunciar a esta ventaja sería quizá la decisión más extraña de todas.

Normalización no es lo mismo que reconciliación
La reconciliación requiere dos socios en igualdad de condiciones, pero hoy la parte armenia dista mucho de ser tratada siempre como un igual. Este es el principal problema. En este punto es importante distinguir entre dos conceptos. La normalización se refiere a las relaciones entre Estados: fronteras, diplomacia y comercio. La reconciliación tiene que ver con la manera en que las sociedades afrontan un pasado compartido y, a menudo, doloroso.
La normalización se presenta cada vez más como reconciliación. Pero una no puede sustituir a la otra. La historia, la memoria y el patrimonio cultural pueden convertirse en fundamentos para estrechar las relaciones, en lugar de constituir obstáculos para ellas. La historiadora de la arquitectura Heghnar Watenpaugh utiliza el ejemplo de Ani para mostrar cómo el patrimonio puede situarse entre el conflicto y la reconciliación. Reconocer el pasado armenio de la ciudad no significa exigir modificaciones de las fronteras actuales. Pero ¿cómo puede producirse una reconciliación si una de las partes se niega a reconocer siquiera la presencia de la otra en su historia compartida?
Para que esto ocurra, todas las partes deben ser reconocidas como actores con voz y capacidad de acción: deben reconocer no solo su propia historia, sino también el lugar que los demás ocupan en ella. De lo contrario, Armenia corre el riesgo de convertirse en un saco de boxeo, obligada a reconocer a todos los demás mientras nadie tiene la obligación de reconocerla. Las realidades políticas de los países vecinos hacen que la situación sea todavía más difícil. Turquía y Azerbaiyán difícilmente se distinguen por sus libertades democráticas o por el respeto al Estado de derecho, y la retórica nacionalista respaldada por las instituciones estatales contribuye poco a generar confianza mutua. Resulta difícil hablar de reconciliación entre iguales cuando una de las partes se encuentra constantemente obligada a justificar su posición.
Y, sin embargo, la conversación debe comenzar. No debería hacerlo mediante exigencias destinadas a humillar a la otra parte o a obligarla a aceptar de antemano todas las condiciones. En este sentido, los armenios también se han visto limitados durante mucho tiempo por la convicción de que Turquía debe reconocer primero el Genocidio antes de que puedan establecerse relaciones. Este debate no es nuevo. En la década de 1990, el gobierno de Levon Ter-Petrosyan estaba dispuesto a normalizar las relaciones con Turquía sin condiciones previas, mientras que la Federación Revolucionaria Armenia (Dashnaktsutyun) insistía en el reconocimiento del Genocidio. En general, la diáspora adoptó una posición más inflexible que la república.
Pero no debemos olvidar el trauma, la bofetada que los armenios continúan recibiendo de sus dos Estados vecinos. La negación del Genocidio no es simplemente una disputa sobre hechos históricos. Es una negativa a reconocer la tragedia de otro pueblo y su derecho a hablar sobre su propio pasado. La negación del Holocausto tiene un elevado coste reputacional, mientras que negar el Genocidio armenio suele tener consecuencias prácticamente inexistentes. ¿Cómo se puede esperar, entonces, que los armenios simplemente pasen página?
Por eso, el diálogo puede comenzar sin condiciones previas, pero la reconciliación es imposible sin reconocimiento. El reconocimiento no debería ser una entrada necesaria para iniciar el diálogo, sino su resultado indispensable. De lo contrario, podríamos terminar con fronteras abiertas, relaciones diplomáticas y comercio, pero sin haber superado el conflicto histórico. No hay nada malo en ello si el objetivo es la normalización. El problema comienza cuando la normalización se presenta como reconciliación y se pide a los armenios que olviden el pasado a cambio.
Al mismo tiempo, revisar nuestra propia historia no solo es aceptable, sino necesario. Cada generación vuelve al pasado, elige a sus héroes, reexamina sus mitos y tradiciones e intenta responder a los desafíos de su época. Panossian describe este proceso con mayor precisión que la conocida idea de la «invención de las tradiciones»: los armenios no crearon una identidad nueva, sino que reinterpretaron, renovaron y politizaron una identidad ya existente. No hay nada malo en ello. Por el contrario, así funciona la conciencia histórica.
Pero existe una diferencia fundamental entre reinterpretar el pasado y abandonarlo. Una cosa es revisar nuestra comprensión de la historia; otra muy distinta es rechazarla bajo presión, en nombre de una paz prometida y dentro de una disyuntiva impuesta. Si el precio de la reconciliación es la amnesia histórica, ¿de qué clase de reconciliación estamos hablando? Y, en ese caso, ¿Quién se está reconciliando con quién?

La memoria como espacio
La memoria es quizá el único espacio que no puede ser arrebatado junto con la tierra: viaja con el pueblo. El manuscrito de Khachatur de Khizan, comenzado en Khizan y terminado en Isfahán, constituye un claro ejemplo de ello. A lo largo de los siglos, las formas en que los armenios mantuvieron su sentido de comunidad fueron cambiando. En el siglo XVII, la Iglesia era la principal fuerza que mantenía unido al pueblo armenio disperso. Para el siglo XX, Panossian identifica un fundamento de unidad diferente: un sentido subjetivo de pertenencia que fue ocupando gradualmente el lugar de la religión. Hoy, sin embargo, la propia Iglesia ha vuelto a convertirse en un foco de conflicto político. Las acciones del actual gobierno se parecen cada vez más a un intento de «ponerla en su lugar»: someterla a control y hacerla dependiente.
No existe contradicción entre la fe y un sentido subjetivo de pertenencia. Este último se configura, entre otras cosas, a través de las historias familiares, los recuerdos de la patria ancestral y las ideas sobre un pasado compartido. La Iglesia, la familia y la idea nacional pueden conducir todas a un mismo sentido de comunidad, aunque las personas lleguen a él por caminos diferentes. No es necesario vivir en la tierra ancestral para considerarla parte de la propia historia.
La diáspora es una de las principales guardianas de esta memoria. Durante siglos ha respaldado la cultura armenia y la ha transmitido a las generaciones futuras, y solo cabe esperar que continúe haciéndolo. Especialmente ahora, cuando el gobierno armenio impulsa cada vez más una nueva comprensión de la patria histórica, limitada a las fronteras actuales de la república. La diáspora no es un apéndice del Estado armenio, sino una parte independiente e inseparable del mundo armenio. Y, por mucho que otros intenten apartarla, siempre encontrará la manera de hacerse escuchar. Casi como en el juego de golpear al topo: se lo empuja hacia un agujero y enseguida vuelve a aparecer por otro. Los armenios han pasado demasiados siglos aprendiendo a vivir simultáneamente en distintos lugares como para renunciar ahora a ello.
Si la República de Armenia abandona esta memoria, se desconectará de una parte significativa de su propia tradición histórica. El Estado comenzará entonces a reinventar la nación armenia dentro de sus fronteras, mientras que los armenios que viven fuera de ellas continuarán buscándola sin un Estado. Y ambos perderán. No porque necesariamente deban compartir los mismos intereses políticos, sino porque ninguno de los dos puede representar plenamente la totalidad de la experiencia histórica armenia.
Esto nos devuelve a la pregunta con la que comenzamos. Es posible aceptar la pérdida política de un territorio. Pero abandonar su memoria es otra cuestión. Esa memoria no es un mapa de futuras fronteras ni una obligación de recuperar lo que se ha perdido. Es la historia de quiénes fuimos y quiénes somos. Y si los propios armenios aceptan olvidarla, ¿qué quedará de esa Armenia que durante siglos existió más allá de las fronteras de los Estados y sobrevivió a su caída?
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