Por Seevan Saeed. Profesor asociado de Estudios de Área en la Universidad Normal de Shaanxi (China) y profesor en la Universidad de Rojava (Siria). Obtuvo su licenciatura en Sociología y su maestría en Política Social en la Universidad de Wolverhampton (Reino Unido), y se doctoró en Política de Oriente Medio en la Universidad de Exeter en 2015.
Publicado originalmente en The Amargi https://theamargi.com/posts/against-the-myth-of-kurdish-national-unity

¿Qué es un kurdo? La pregunta parece sencilla, pero es políticamente e intelectualmente peligrosa, precisamente porque invita a una respuesta fácil. Un kurdo puede definirse a través de la lengua, la cultura, la historia, la geografía, la experiencia política o la autoidentificación.
Sin embargo, ninguna de estas categorías produce un sujeto kurdo único y homogéneo. Los kurdos hablan distintos dialectos, pertenecen a diferentes Estados, religiones y tradiciones políticas, y discrepan profundamente sobre cuestiones que van desde la soberanía hasta las fronteras, la estrategia política e incluso el significado de Kurdistán. La categoría «kurdo» describe, por tanto, una comunidad histórica, pero no necesariamente una nación política unificada.
Esto importa porque la «unidad nacional kurda» se ha convertido en una expresión casi sagrada en la política kurda. Los dirigentes suelen presentar el desacuerdo como una debilidad y la fragmentación como una traición. Pero ¿unidad de qué y contra quién? La solidaridad cultural puede ser deseable, pero la uniformidad política resulta bastante más problemática.
La famosa conferencia de Ernest Renan de 1882, ¿Qué es una nación?, constituye un punto de partida importante. Renan rechazaba la idea de que las naciones pudieran definirse simplemente por la raza, la lengua, la religión o la geografía. Para él, la pertenencia nacional dependía de una memoria histórica compartida y, crucialmente, del consentimiento presente. Una nación existe gracias al deseo continuo de vivir juntos. Renan describió la existencia nacional como un «plebiscito cotidiano».
Esto hace que la nación sea menos un hecho natural que un proyecto político permanente. Pero Renan también expone una contradicción. Si la pertenencia nacional depende del consentimiento, entonces ninguna nación posee un derecho incuestionable a imponer la unidad sobre personas que no han dado su consentimiento.
Por tanto, no existe una nación perfectamente unificada. Francia contiene diferencias regionales, de clase e ideológicas; el Reino Unido alberga múltiples identidades nacionales; España continúa marcada por proyectos nacionales enfrentados. Los Estados consolidados también contienen profundas disputas sobre la pertenencia.
La unidad nacional, en consecuencia, nunca es una condición existente. Es una aspiración y, en ocasiones, un mecanismo de poder. Las naciones se unifican mediante constituciones, sistemas educativos, ejércitos, fronteras, símbolos, instituciones políticas, narrativas históricas y, inevitablemente, mediante la decisión de quién pertenece y quién queda fuera.
Aquí quisiera plantear una pregunta a los kurdos. ¿Por qué un pueblo que ha experimentado la homogeneización coercitiva de los Estados-nación debería reproducir internamente esa misma imaginación política? Dicho de otro modo, incluso si dejamos de lado las limitaciones y las oportunidades existentes. ¿Cómo deberían los kurdos construir una estructura que ha sido responsable de su opresión durante más de un siglo?

El caso kurdo es particularmente complejo porque Kurdistán quedó dividido entre cuatro Estados y, desde entonces, las comunidades kurdas desarrollaron diferentes culturas políticas bajo distintos regímenes estatales. El nacionalismo kurdo, en consecuencia, nunca produjo un centro político único comparable con las instituciones estatales de los Estados-nación consolidados. El campo político kurdo es plural. Los partidos compiten entre sí, los gobiernos regionales persiguen intereses diferentes y las sociedades kurdas contienen profundas diferencias ideológicas, tribales, religiosas, lingüísticas y generacionales. Invocar la «unidad nacional» no puede borrar estas realidades.
En este sentido, la evolución intelectual de Öcalan plantea un desafío importante al nacionalismo convencional o tradicional. En lugar de concebir la liberación como la creación de un Estado-nación kurdo, Öcalan fue diferenciando cada vez más la nación del Estado.
El concepto de «nación democrática» de Öcalan intenta imaginar una existencia política colectiva sin exigir homogeneidad étnica ni soberanía estatal. Desde esta perspectiva, una nación puede organizarse cultural y políticamente sin dejar de ser pluralista.
El confederalismo democrático y la autonomía democrática pretenden proporcionar formas institucionales de coexistencia, en lugar de limitarse a reproducir el Estado-nación centralizado.[1] Se podría argumentar que este enfoque permite a las personas tener identidades múltiples o superpuestas, en lugar de tratar la identidad como una categoría política exclusiva.
Sin embargo, esta concepción genera una paradoja. El lenguaje de la «nación democrática» de Öcalan conserva las palabras «nación» y «democrática», al tiempo que intenta vaciarlas de parte de su significado estatista tradicional. La cuestión es si realmente escapa al nacionalismo o simplemente lo reformula y reconceptualiza.
Por ello, debemos preguntarnos: ¿puede una nación democrática evitar crear una nueva mayoría, un nuevo centro y una nueva definición de pertenencia legítima? La respuesta depende no de la terminología, sino de las instituciones: de si la diversidad, el disenso y la autonomía política están realmente protegidos.
Los acontecimientos recientes en Siria ofrecen una prueba especialmente reveladora. El 25 de agosto de 2026, las Fuerzas Democráticas Sirias, lideradas por los kurdos, anunciaron su disolución como fuerza militar independiente y su integración en el ejército nacional sirio. Esto se produce tras un acuerdo con el Gobierno de Transición sirio (GTS) en Damasco, que, con el apoyo de Ankara, ha presentado la medida como una restauración de la unidad siria.
Las reacciones kurdas combinan esperanza y cautela. El acuerdo de enero entre el GTS y las FDS ya contemplaba una integración militar y administrativa gradual, incluida la incorporación de las fuerzas de las FDS a las estructuras estatales. Pero es precisamente aquí donde el lenguaje de la «unidad nacional» adquiere importancia.
En este contexto, la unidad siria puede significar dos cosas muy diferentes. Puede significar un marco político democrático en el que kurdos, árabes, asirios, armenios, drusos y otros compartan una ciudadanía común al tiempo que conservan derechos culturales y políticos significativos. O puede significar la restauración de la autoridad central del Estado sobre el territorio, la seguridad y las instituciones políticas, con diferencias minoritarias toleradas únicamente dentro de los límites definidos por Damasco. Lo primero es integración; lo segundo puede convertirse en asimilación disfrazada de integración.

La cuestión kurda, por tanto, no debería reducirse a si los kurdos están «unidos». La pregunta más importante es si la existencia política kurda puede seguir siendo significativa sin convertirse en un proyecto de mini-Estado-nación. Si la integración de las FDS produce ciudadanía igualitaria, reconocimiento constitucional, derechos culturales kurdos y una participación política local genuina, entonces la integración podría representar una transformación democrática. Pero si simplemente transfiere a los combatientes kurdos a un ejército centralizado mientras debilita las instituciones autónomas y el pluralismo político, entonces «unidad» corre el riesgo de convertirse en otra palabra para centralización. Además, cabe preguntarse si la integración con unas fuerzas como las de Damasco es realmente posible.
El mismo dilema se extiende más allá de Siria. En todo Oriente Medio, los Estados poderosos y los actores internacionales favorecen cada vez más la integridad territorial, la autoridad centralizada y la soberanía estatal. Sin embargo, el sistema internacional suele celebrar retóricamente la diversidad mientras, en la práctica, recompensa institucionalmente la centralización.
Por tanto, el desafío político kurdo quizá no consista en alcanzar la unidad nacional en el sentido convencional. Podría consistir en construir una forma de solidaridad política capaz de sobrevivir al desacuerdo. La unidad kurda debería significar quizá ni un solo partido, ni una sola ideología, ni un solo Estado, sino un compromiso compartido con los derechos democráticos, la supervivencia cultural, el pluralismo político y el reconocimiento mutuo entre las distintas sociedades kurdas.
En lugar de preguntarnos «¿cómo pueden los kurdos convertirse en uno?», la pregunta más importante debería ser: ¿cómo pueden los kurdos seguir políticamente conectados sin tener que convertirse en políticamente idénticos? Esa pregunta desplaza el debate desde el nacionalismo convencional hacia la democracia, y desde la búsqueda de la uniformidad hacia una política de coexistencia.
[1] Öcalan, A. (2011), Prison Writings II: The PKK and the Kurdish Question in the 21st Century. Transmedia Publishing, Pluto Press. Distribuido exclusivamente en Estados Unidos por Palgrave Macmillan.
