El malestar en Irán y el mito de la revolución fácil

por | Ene 16, 2026 | Lenguaje, Portada | 0 Comentarios

Por Alam Saleh. Profesor honorario de Estudios Iraníes en la Universidad Nacional Australiana y editor de reseñas del British Journal of Middle Eastern Studies

Publicado originalmente en The Amargi https://www.theamargi.com/posts/irans-unrest-and-the-myth-of-easy-revolution

Teherán, agosto de 2021: Retratos del imán Jomeini y del ayatolá Jamenei dominan un gran mural en un edificio con vistas a una importante autopista, ejemplificando la omnipresente presencia visual del liderazgo revolucionario iraní en las calles de la capital. Crédito de la foto: The Amargi

Las recurrentes oleadas de protestas sociales y políticas en Irán han vuelto a poner sobre la mesa un debate fundamental sobre el cambio, la reforma y la caída del régimen.

En este debate, dos marcos amplios y contrapuestos dominan la conversación. El primero es un enfoque basado en la demanda que reconoce las limitaciones estructurales existentes y busca reformas concretas y viables dentro del sistema actual. El segundo es un paradigma de cambio de régimen, promovido en gran medida por sectores de la oposición en el extranjero, que se basa en la presión externa, las sanciones e incluso la intervención militar para precipitar un rápido colapso político. Este artículo argumenta que la situación actual de Irán no se parece a las condiciones que propiciaron la revolución de 1979 y que las estrategias basadas en la violencia o la intervención extranjera podrían provocar el colapso del Estado, la fragmentación y una inestabilidad prolongada en lugar de traer democracia y desarrollo.

¿Por qué triunfó la Revolución de 1979 y por qué esas condiciones ya no existen?

El éxito de la Revolución iraní de 1979 se debió a una confluencia única de errores políticos, institucionales y de seguridad que hoy en día ya no se dan. La salida del país del Sha, la disolución de la SAVAK, la declaración de neutralidad de las fuerzas armadas y la inexperiencia de las instituciones de seguridad a la hora de abordar colectivamente la revolución, la guerra y la insurgencia interna generaron un vacío de poder que facilitó el colapso del régimen.

En cambio, la República Islámica cuenta con más de cuatro décadas de experiencia en la gestión de crisis, guerras, sanciones y disturbios internos. Sus instituciones militares y de seguridad son multifacéticas, cohesionadas y están altamente institucionalizadas. Cabe destacar que, durante las oleadas de protestas anteriores, ningún alto cargo militar o de seguridad dimitió en oposición al Estado, lo que indica una profunda cohesión estructural dentro del aparato coercitivo del sistema.

También es importante señalar la ausencia de una oposición unificada. A diferencia de lo ocurrido en 1979, cuando surgió una amplia pero coherente coalición revolucionaria, la oposición actual está ideológica, organizativa y estratégicamente fragmentada. Monárquicos, izquierdistas, etnonacionalistas y liberales carecen de una visión política compartida y de la capacidad institucional necesaria para funcionar como una alternativa nacional creíble. Además, las protestas actuales carecen de sincronía entre grupos sociales clave, como la clase media, las mujeres, las minorías étnicas y la clase trabajadora, lo que limita su potencial transformador.

Experiencia regional y crisis de confianza en la intervención extranjera.

Las catastróficas experiencias de los últimos 25 años en Afganistán, Irak, Siria, Libia, Yemen y Gaza han moldeado profundamente la conciencia pública iraní. Estos casos han incrementado drásticamente la desconfianza hacia Estados Unidos e Israel, especialmente en lo referente a las afirmaciones de que la intervención militar o la presión externa pueden generar democracia o estabilidad.

Los segmentos de la oposición iraní que se alinean abiertamente con los objetivos estratégicos de Israel o Estados Unidos han distanciado a gran parte de la población iraní. La memoria histórica juega un papel fundamental en este contexto. Imágenes como las de Massoud Rajavi junto a Sadam Husein o las de Reza Pahlavi con Benjamin Netanyahu, ambos considerados ampliamente como criminales de guerra, están profundamente arraigadas en la psique política iraní. Un movimiento de oposición que apoya los ataques militares extranjeros contra su propio país no puede afirmar con credibilidad que defiende los derechos humanos, la justicia ni la soberanía nacional.

La historia demuestra sistemáticamente que los Estados no libran guerras por la libertad de otros pueblos. Actúan en pos de sus intereses estratégicos. La libertad impuesta mediante bombardeos, sanciones y asesinatos ha dado lugar repetidamente a Estados fallidos en lugar de a sociedades democráticas.

Violencia, protestas y la trampa de la sirianización.

Uno de los rasgos distintivos de las protestas recientes es la escalada de violencia entre ciertos sectores de los manifestantes, sumada a un creciente dilema de represión dentro del Estado. Inicialmente, se observaron enfoques divergentes entre reformistas y conservadores en la gestión de las protestas. Sin embargo, con el tiempo, el discurso estatal convergió y las respuestas basadas en la seguridad se hicieron predominantes.

Este ciclo de violencia, que se retroalimenta, no beneficia ni a la sociedad ni al Gobierno. Refleja fielmente las primeras etapas del colapso estatal observadas en otras partes de la región. La perspectiva de la «sirianización» de Irán, que en realidad sería una combinación de la fragmentación iraquí, el colapso libio y la afganización, no es hipotética. Sus consecuencias son predecibles: restos de fuerzas estatales armadas que compiten por el poder, conflictos étnicos y sectarios alimentados por patrocinadores extranjeros, destrucción de la infraestructura militar e industrial y fragmentación territorial a largo plazo.

El caso sirio ilustra un patrón recurrente: una vez que se han destruido las capacidades básicas de un Estado, las potencias externas se retiran, dejando tras de sí una sociedad permanentemente desestabilizada y sujeta a ataques aéreos intermitentes y a guerras indirectas.

Medios, redes sociales y el «efecto Zoom».

Las redes sociales y las emisoras externas han contribuido a lo que podría denominarse «efecto Zoom»: la amplificación de eventos locales hasta convertirlos en representaciones nacionales. En un país de casi 90 millones de habitantes, incluso las grandes manifestaciones en las grandes ciudades no reflejan necesariamente la voluntad de la mayoría. El silencio de amplios sectores de la sociedad no debe interpretarse como consentimiento, sino como miedo a la inestabilidad, la guerra civil y la repetición de los desastres regionales vividos en las últimas dos décadas.

Esta desconexión entre las narrativas en línea y la realidad social ha generado expectativas poco realistas, especialmente entre los activistas más jóvenes, que a menudo son las principales víctimas de una escalada mal calculada.

Reforma frente a colapso.

En general, los iraníes saben a qué se oponen, pero tienen mucho menos claro qué es lo que buscan. Los complejos desafíos históricos, sociales, económicos y de seguridad —corrupción, sanciones e ineficiencia institucional— no se pueden resolver con soluciones simplistas. La experiencia del Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC) demostró que era posible lograr una mejora económica mediante la desescalada. Por el contrario, la estrategia estadounidense de «máxima presión» no se diseñó para mejorar las condiciones de vida en Irán, sino para debilitar estructuralmente al Estado.

La lucha armada nunca ha generado democracia ni prosperidad económica en el contexto regional de Irán. Genera fragmentación, inseguridad y dependencia.

Política de poder global y posición estratégica de Irán.

El orden internacional se basa en el poder y los intereses estratégicos, no en reivindicaciones morales. A pesar de carecer de armas nucleares e influencia regional, Venezuela fue objeto de operaciones de cambio de régimen con el pretexto del narcotráfico. La experiencia histórica de Irán confirma que la obediencia no garantiza la seguridad. Reza Pahlavi cooperó con las exigencias de los Aliados, pero fue derrocado y exiliado. Cualquier Irán que sea lo suficientemente fuerte se percibe como una amenaza para el dominio occidental en la región, independientemente de su sistema político interno.

¿Qué determinará el futuro de Irán?

La República Islámica es responsable en gran medida de las crisis actuales del país. Sin embargo, debilitar el Estado central con la ilusión de que su colapso traerá la democracia es un error estratégico de gran alcance. La desintegración del Estado no conduce a la libertad, sino al conflicto étnico, la ruina económica y la dominación extranjera. Protestar es un derecho legítimo, pero la protesta instrumentalizada por actores externos, militarizada por facciones radicales o alineada con la agresión extranjera es una apuesta ética y política cuyos costes recaen sobre la población iraní.

La evidencia histórica sugiere de forma abrumadora que las reformas graduales e internamente impulsadas, así como los movimientos cívicos sostenidos, producen resultados más duraderos que las convulsiones generadas desde el exterior. El futuro de Irán no estará determinado por ataques aéreos, sanciones ni fantasías de cambio de régimen, sino por la cohesión nacional, la disuasión estratégica y una transformación gradual pero sustancial desde dentro.