Por Bamo Nouri es Profesor titular de Relaciones Internacionales en la University of West London, galardonado con diversos premios, investigador honorario en City St George’s, University of London, y embajador de One Young World.
Publicado originalmente por The Amargi https://www.theamargi.com/posts/the-kurdistan-we-want-vs-the-kurdistan-we-have

Escribir críticamente sobre la política kurda significa adentrarse en un terreno marcado por mucho más que un desacuerdo político convencional. La conciencia política kurda lleva consigo el peso acumulado del genocidio, el desplazamiento, los ataques químicos, la asimilación forzosa, la división territorial y los reiterados abandonos por parte de las potencias regionales e internacionales. La memoria de Anfal y Halabja no pertenece a un pasado remoto. Tampoco las traiciones, las rebeliones y los acuerdos geopolíticos mediante los cuales las aspiraciones kurdas han sido alentadas repetidamente para después ser contenidas. Para muchos kurdos, por tanto, Kurdistán no es simplemente un proyecto político que pueda evaluarse como cualquier otro. Representa supervivencia, dignidad y la posibilidad de alcanzar seguridad después de generaciones en las que las tres les fueron negadas.
Debemos comprender la sensibilidad que surge de esta historia, en lugar de ridiculizarla. Pero comprenderla no puede significar renunciar a nuestra capacidad de pensamiento crítico. De hecho, debería ocurrir lo contrario. Si los logros kurdos se consiguieron a un coste histórico tan extraordinario, entonces merecen ser protegidos mediante un análisis riguroso, no aislándolos de la crítica. El peligro comienza cuando la crítica a un gobierno, un partido o una estrategia política se vuelve indistinguible de la hostilidad hacia el propio Kurdistán. Una nación es más grande que su gobierno. Un pueblo es más grande que sus partidos políticos. Y el patriotismo no puede significar fingir que los problemas desaparecen cuando nos negamos a nombrarlos.
Lo que revelaron las reacciones a mi artículo reciente
Mi artículo reciente en The Amargi examinó el ascenso del Gobierno Regional del Kurdistán y la posición cada vez más precaria en la que se encuentra actualmente. El argumento no era que Kurdistán hubiera literalmente «caído», ni que el experimento kurdo hubiera sido inútil. Todo lo contrario: el artículo partía del reconocimiento de un logro histórico extraordinario. Los kurdos iraquíes pasaron de ser víctimas de una de las campañas más brutales del siglo XX a convertirse en actores políticos reconocidos constitucionalmente, con instituciones, fuerzas armadas, relaciones internacionales y una considerable autonomía económica.
Precisamente porque esos logros importan, debemos estar dispuestos a examinar cómo algunas de las ventajas acumuladas después de 2003 se han debilitado desde entonces. La crisis salarial, la fragmentación institucional, la dependencia económica, la rivalidad entre kurdos, las disputas con Bagdad, los déficits democráticos y el estrechamiento del espacio político no pueden simplemente desaparecer porque deseemos que así sea. Bagdad tiene una responsabilidad considerable en algunos de estos problemas. La geopolítica regional importa enormemente, al igual que la ambigüedad constitucional del Irak posterior a 2003. Pero la responsabilidad externa no elimina la capacidad de acción interna.
Sin embargo, algunas de las respuestas al artículo pusieron de manifiesto un problema más amplio. Para algunos, la crítica no fue interpretada como una invitación a debatir las evidencias, sino como una prueba de falta de lealtad. Ese instinto debería preocuparnos. Si nuestra respuesta ante evidencias incómodas consiste en cuestionar la identidad o los motivos de quien las presenta en lugar de discutir las propias evidencias, hemos sustituido el debate político por la vigilancia emocional de la lealtad.

El nacionalismo no debe convertirse en un escudo frente a la realidad
Hay una razón comprensible para que esto ocurra. Los pueblos que han carecido de Estado y que han sufrido persecuciones históricas desarrollan con frecuencia culturas políticas protectoras. Cuando la existencia o la legitimidad de una comunidad ha sido negada reiteradamente desde el exterior, las críticas internas pueden sentirse como munición para sus enemigos. Surge entonces el instinto de pensar: ya hay suficientes personas atacándonos, ¿por qué deberíamos criticarnos nosotros mismos?
Pero esto produce una paradoja peligrosa: cuanto más importante se vuelve el proyecto nacional, más difícil resulta hablar de los propios fracasos que podrían ponerlo en peligro.
Por eso debemos distinguir entre el nacionalismo como expresión de respeto colectivo hacia uno mismo y el nacionalismo como inmunidad intelectual. Defender los derechos de los kurdos no exige apoyar cada decisión tomada en Erbil o Suleimaniya. Criticar la corrupción no convierte a nadie en antikurdo. Preguntarse si una estrategia económica ha funcionado no es traición. Cuestionar la actuación de un partido político no equivale a cuestionar la legitimidad de Kurdistán.
De hecho, exigir instituciones competentes, un gobierno responsable y salarios fiables puede entenderse como una demanda profundamente patriótica, porque exige que el proyecto político kurdo sea más fuerte.
La era del espectáculo lo hace más difícil
Este desafío se ha vuelto más agudo porque cada vez experimentamos la política a través del espectáculo. Las redes sociales premian la certeza, la indignación y la representación pública de la identidad. Los argumentos complejos circulan lentamente; las acusaciones, en cambio, viajan de inmediato. Una evaluación sobria que explique que la autonomía kurda representa un logro histórico extraordinario y que, al mismo tiempo, enfrenta graves problemas estructurales difícilmente puede competir con un vídeo de quince segundos que proclama que Kurdistán está floreciendo o que todo se ha derrumbado.

El algoritmo prefiere héroes y traidores
Debemos resistirnos a permitir que nos enseñe a pensar en esas categorías. La política rara vez es tan sencilla. Un gobierno puede alcanzar algo históricamente significativo y posteriormente gobernar mal. Bagdad puede vulnerar los intereses kurdos mientras los dirigentes kurdos cometen simultáneamente errores estratégicos. Las potencias extranjeras pueden explotar las divisiones kurdas mientras esas divisiones siguen siendo, en parte, responsabilidad de los propios kurdos. Dos proposiciones aparentemente contradictorias pueden ser ciertas al mismo tiempo.
El espectáculo también genera presión para representar públicamente el nacionalismo. Las banderas, los eslóganes, las imágenes y las declaraciones de lealtad se convierten en medidas más sencillas del patriotismo que el funcionamiento de las instituciones. Pero una bandera no puede pagar el salario de un profesor, un eslogan no puede diversificar una economía y un vídeo viral no puede resolver la relación entre Erbil y Bagdad.
El simbolismo importa enormemente para las naciones, especialmente para aquellas que han sido heridas históricamente, pero el simbolismo sin instituciones que funcionen termina convirtiéndose en una compensación por su ausencia.

El realismo no es pesimismo
Aquí es donde necesitamos un mayor realismo. El realismo no significa abandonar las aspiraciones kurdas. Significa comprender el entorno en el que esas aspiraciones deben sobrevivir. Los kurdos viven en una región dominada por Estados más grandes y con intereses enfrentados. Estados Unidos y las potencias europeas pueden simpatizar con las aspiraciones kurdas, pero los Estados, en última instancia, calculan sus intereses. La relación de Washington con los kurdos ha demostrado repetidamente tanto una asociación genuina como límites muy claros. Ninguna estrategia seria debería confundir la amistad con una garantía incondicional.
La misma sobriedad debe guiar las expectativas respecto a la independencia, el petróleo, las relaciones con Bagdad y las alianzas regionales. Podemos desear un determinado resultado y, al mismo tiempo, reconocer que el equilibrio de poder quizá no permita alcanzarlo en este momento. No existe contradicción entre mantener una aspiración y diagnosticar con precisión los obstáculos que se interponen entre nosotros y ella.
De hecho, las expectativas poco realistas pueden ser más perjudiciales que el realismo, porque llevan a las sociedades a tomar decisiones basándose en el mundo que desean que exista y no en el que realmente tienen delante. Cuando las expectativas terminan chocando con la realidad geopolítica, la decepción se convierte rápidamente en humillación, ira y acusaciones de traición.
Necesitamos una cultura política kurda más segura de sí misma
Nuestra respuesta no debería consistir en ser menos kurdos, menos ambiciosos o estar menos emocionalmente vinculados a nuestra historia. Debería consistir en adquirir la suficiente confianza como para que la crítica deje de asustarnos.
Debemos leer los argumentos antes de condenarlos; distinguir las evidencias de las provocaciones y los gobiernos de las naciones. Debemos cuestionar a los críticos cuando sus evidencias sean débiles, pero también cuestionarnos a nosotros mismos cuando las evidencias lo exijan. Y, sobre todo, debemos dejar de tratar las preguntas incómodas como actos de deslealtad.
La historia kurda nos da todas las razones para sentir profundamente. La política kurda nos da todas las razones para pensar con sobriedad. Necesitamos ambas cosas.
No hay nada antikurdo en preguntar por qué están fallando las instituciones, por qué los salarios siguen siendo inseguros, por qué persisten las divisiones políticas o si determinadas estrategias han fortalecido o debilitado a Kurdistán. El verdadero peligro está en crear una cultura política en la que nadie pueda plantear esas preguntas sin que su lealtad sea puesta a prueba.
Un nacionalismo frágil exige aplausos, pero un nacionalismo seguro de sí mismo puede soportar el escrutinio. Y en este momento de la historia kurda, quizá el mayor servicio que podamos prestar a nuestras aspiraciones nacionales no sea decirnos aquello que más queremos escuchar, sino desarrollar el valor necesario para mirar con claridad dónde estamos, comprender cómo llegamos hasta aquí y decidir —sin espectáculo, fantasías ni miedo— hacia dónde podemos avanzar de manera realista.
