Amplia entrevista a Artur Rodziewicz, autor de The Yezidis of the South Caucasus: Their Past and Present in Georgia y Eros and the Pearl: The Yezidi Cosmogonic Myth at the Crossroads of Mystical Traditions. La entrevista se enfocó en el renacimiento de la identidad yezidi en Georgia y los desafíos que la modernidad trae a esta nación poco analizada en América Latina.
Manuel Férez- ¿Qué te motivó a escribir la primera monografía exhaustiva dedicada a la diáspora yezidí en el Cáucaso Sur y por qué decidiste centrarte especialmente en la comunidad de Georgia?
Artur Rodziewicz- Al comenzar mi investigación sobre la cultura y la religión yezidíes, solo entré en contacto con yezidíes de Irak y con publicaciones de académicos que, cuando mencionaban la existencia de la diáspora yezidí en el Cáucaso Sur, se referían predominantemente a Armenia y pasaban por alto a Georgia. Por otra parte, hace una década, durante una de mis estancias en Tbilisi, supe que se había inaugurado recientemente un templo yezidí en las afueras de la ciudad. Así pues, me desplacé al distrito de Varketili para visitarlo. Allí conocí a miembros del clero yezidí local —pires y jeques— y, en el transcurso de nuestras conversaciones, comprendí la profunda omisión e injusticia que suponía el hecho de que el mundo académico hubiera marginado a esta comunidad durante tantos años. Lo cierto es que la comunidad yezidí de Georgia llevaba activa casi un siglo: fue allí donde se fundó la primera organización yezidí oficial, donde funcionó un teatro durante varias décadas y donde se publicaron numerosas obras —desde poesía yazidí hasta artículos académicos y monografías de estudiosos yezidíes—, escritas tanto en ruso y georgiano como en su propia lengua materna.

A partir de 2016, comencé a visitar Georgia con mayor frecuencia y mis vínculos con los yezidíes locales se estrecharon. Paralelamente, llevé a cabo investigaciones en Irak centradas en la cosmogonía y las festividades religiosas yazidíes. De este modo, se abrieron ante mí nuevas perspectivas de investigación: en primer lugar, descubrir y documentar la diáspora yezidí en Georgia y, en segundo lugar, identificar las diferencias y similitudes entre sus rasgos culturales y religiosos distintivos y los de los yezidíes de Irak, así como los de aquellos establecidos en Armenia, Turquía o Alemania. Con el tiempo, también empecé a notar que la información sobre las iniciativas emprendidas por los yezidíes en Georgia llegaba al clero de Irak e influía ahí. Para mi gran sorpresa, no solo el clero yezidí de Lalish, sino incluso los fakirs de Sinjar, habían oído hablar del Pir yezidí de Tbilisi—Dimitri Pirbari, conocido como Pir Dima—, a quien tenían en gran estima por sus excepcionales conocimientos religiosos y su profundo dominio de los himnos sagrados, los Qawls.
Un estímulo adicional, que puede considerarse un factor motivador, fue el haber conocido al propio Pir Dima. Más allá de ocupar un cargo religioso como representante del clero yezidí en Georgia, es también un erudito de primer nivel y autor de numerosas publicaciones dedicadas a las tradiciones de su pueblo. Además, posee un conocimiento excepcional de los asuntos yezidíes, no solo en teoría, sino también en la práctica. Desde joven desempeñó funciones religiosas no solo en Georgia, sino también en Irak, en el lugar más sagrado del yezidismo —el valle de Lalish—, donde pasó bastante tiempo al servicio del templo del jeque Adi. Cuando nos conocimos, yo todavía estaba trabajando en mi libro anterior, Eros y la perla (Eros and the Pearl), que analizaba el mito cosmogónico yezidí y el motivo subyacente de la perla y el amor (de ahí el título). Creo que a ambos nos sorprendió descubrir que trabajábamos en un tema similar, pues Pir Dima estaba escribiendo en ese preciso momento su propio libro, titulado Tayna Zhemchuzhiny, es decir, El secreto de la perla.
Debo subrayar que, de no haber sido por este conocido, lo más probable es que mi libro sobre los yezidíes de Georgia nunca se hubiera escrito o, de haberlo hecho, habría sido de una forma mucho más limitada. Gracias a Pir Dima, no solo pude acceder a numerosos documentos y personas que, de otro modo, habrían sido mucho más difíciles de alcanzar, sino que su ayuda en la traducción de la poesía yezidí resultó también inestimable ya que por mi cuenta no lograba captar muchos de sus giros idiomáticos. Viajamos juntos a Armenia, a antiguas aldeas yezidíes en Turquía y a las montañas de Hakkari. Nada une tanto a las personas como las pasiones genuinas compartidas. Para resumir mi respuesta sobre qué me motivó: la curiosidad, el deseo de conocimiento y justicia, y la amistad.

MF- ¿De qué manera la migración de los yezidíes al Cáucaso Sur moldeó sus prácticas religiosas, estructuras sociales e identidad en comparación con las comunidades yezidíes de Irak, Siria o Turquía?
AR- Los yezidíes del Cáucaso Sur permanecieron aislados de sus centros religiosos en Irak durante un periodo considerable; las guerras en la frontera otomano-rusa les impedían visitar su tierra natal. Esta situación afectó aún más a quienes emigraron desde las zonas fronterizas entre Turquía y Rusia para establecerse en Armenia y Georgia y, con la llegada del comunismo, los controles fronterizos se volvieron mucho más estrictos. Con el paso del tiempo, fueron olvidando gradualmente sus festividades y rituales tradicionales. Algunos de ellos dejaron de celebrarse por completo, ya fuera porque la tradición yezidí exige que se realicen exclusivamente en el valle de Lalish —como el rito del bautismo yazidí o la Fiesta de la Asamblea— o porque requieren la presencia de los Qawwals (himnólogos yazidíes), quienes acompañan las ceremonias con música y la recitación de poesía religiosa y, tradicionalmente, encabezan el Desfile del Pavo Real, portando la efigie de latón del Ángel Pavo Real por las zonas habitadas por los yezidíes.
En el Cáucaso Sur surgieron nuevas tradiciones en sustitución de las antiguas. Por ejemplo, la festividad de Año Nuevo conocida como Sere Sale —celebrada en el mes de Nisán (abril)— cayó en desuso y fue reemplazada por la festividad de Klocha Sere Sale, celebrada en marzo. La estructura social se vio alterada, ya que muchos de los actores religiosos presentes en Irak —como los ya mencionados Qawwal, Faqir o Kochek— no residían allí de forma permanente, sino que solo realizaban visitas ocasionales. Cabe añadir que los yezidíes son un pueblo endógamo; esta endogamia no solo abarca a la comunidad yazidí en su conjunto, sino que también se aplica a las distintas castas —los jeques, pires y murides—, cuyos miembros no pueden contraer matrimonio entre sí. Al quedar aislada de la comunidad yazidí principal de Irak y otros países, la diáspora en Georgia comenzó a transgredir estas normas, dado que a los jóvenes les resultaba difícil encontrar pareja.
A esto se sumó un cambio en el estilo de vida y el entorno: mientras que los yezidíes estaban acostumbrados a una vida seminómada, en Transcaucasia se intentó asentarlos en lugares permanentes. En Armenia, se establecieron en aldeas y pudieron seguir dedicándose al pastoreo de ganado. Sin embargo, quienes emigraron a Tiflis —rebautizada como Tbilisi en 1936— se encontraron en el corazón de una gran aglomeración urbana. En consecuencia, a diferencia de sus parientes en Armenia, que vivían en aldeas yezidíes y, por tanto, tenían mucha más facilidad para preservar su lengua y sus costumbres, los yezidíes de Georgia fueron absorbidos por la metrópolis. Naturalmente, esto también conllevaba ventajas, ya que, al interactuar a diario con georgianos, armenios, azerbaiyanos, rusos y representantes de otras nacionalidades residentes en la zona, adquirían con mayor facilidad una conciencia multicultural y competencias lingüísticas.
A diferencia de los yezidíes de Irak, Siria o Turquía, los yazidíes del Cáucaso Sur se establecieron en países cristianos —Georgia y Armenia— en lugar de en un entorno musulmán. Como resultado, las sucesivas generaciones fueron asimilando una mentalidad cristiana. El peligro, que se ha acentuado en los últimos años, residía en el abandono de las tradiciones ancestrales y la conversión a la religión mayoritaria. No obstante, esta perspectiva «cristiana» también implica una flexibilización de las antiguas normas de vida; ello se manifiesta, por ejemplo, en que la conversión de un miembro de la comunidad yezidí ya no conlleva la muerte —como ocurría antaño en Irak— ni el destierro. En su lugar lo aceptan como un hecho consumado —que tal vez no aprueben necesariamente—, sin tomar medidas drásticas al respecto.

Otros cambio, que describo en el libro, tienen que ver con su lengua. El conocimiento del idioma ancestral se va perdiendo con el paso de las generaciones, aunque se intenta frenar esta tendencia. Han conservado en su habla materna palabras y expresiones que, a su vez, han caído en desuso entre los yezidíes de Irak. Esto puede resultar de especial interés para quienes estudian la antigua poesía yazidí, ya que algunas de sus expresiones idiomáticas siguen siendo incomprensibles para los yezidíes iraquíes, mientras que los yezidíes de Georgia son capaces de explicarlas.
En Transcaucasia, las autoridades comunistas obligaron a los yezidíes a romper un tabú centenario contra el uso de la escritura, sometiéndolos a un sistema de educación masiva. Allí se diseñaron alfabetos específicos para ellos, basados en las escrituras armenia, latina y, finalmente, cirílica; en estos sistemas se publicaron los primeros libros de texto en kurmanji —o «yezidí». En el aspecto negativo, los yezidíes habían quebrantado un importante tabú religioso, lo que los hizo vulnerables a la propaganda comunista, frente a la cual la antigua prohibición ya no los protegía. A partir de entonces, los agitadores comunistas pudieron suministrarles folletos políticos y socavar su fe predicando el ateísmo.
Un buen ejemplo de cómo funcionaba esto es Ria Taza («El nuevo camino»), el periódico yezidí —nominalmente «kurdo»— que se publicó en Armenia entre 1930 y 1937 y que se retomaría en 1950. Se editaba íntegramente en kurmanji y, a lo largo de las décadas de existencia de la Unión Soviética, apenas contenía referencias religiosas; en su lugar, uno podía quedarse dormido leyendo miles de artículos sobre trabajadores ejemplares, el abandono de la vida nómada, los derechos de la mujer, el rendimiento de las cosechas y las obras milagrosas del Partido Comunista. Un aspecto positivo fue que la Transcaucasia soviética brindó condiciones únicas para el surgimiento de una literatura yezidí laica: fue precisamente allí donde aparecieron las primeras novelas, artículos y obras de investigación escritos por yezidíes. Cabe señalar que estos logros están siendo intensamente apropiados por el lobby y la propaganda kurdos, contando con el respaldo de académicos. La gran mayoría de las publicaciones académicas destacan esta extraordinaria eclosión de la literatura yezidí en el Cáucaso meridional, pero la etiquetan como «kurda» en lugar de «yezidí», ocultando así por completo la identidad de los pioneros de esta literatura autóctona.

El valle de Lalish, ciudad sagrada yezidi. Creative Commons
MF- ¿Cuáles son los hitos históricos más significativos en el establecimiento y desarrollo de los asentamientos yezidíes en Georgia, desde el periodo imperial ruso y la era soviética hasta la actualidad?
AR- Dejando a un lado leyendas del siglo XIII y los contactos de una tribu yezidí con el rey de Georgia, Heraclio II, en el siglo XVIII, los primeros yezidíes se asentaron en Georgia hasta la época zarista. En 1909, el príncipe yazidí Mir Ismail Beg visitó Tiflis, donde se reunió con representantes de la diáspora local y fue recibido oficialmente por el conde Illarión Ivánovich Vorontsov-Dashkov. En un país cristiano, ya no sufrían persecución por motivos religiosos y comenzaron poco a poco a arraigarse. Sin embargo, la principal oleada migratoria no se produjo hasta las masacres de la población no musulmana —tanto yazidí como cristiana— en los territorios orientales del Imperio otomano; atrocidades perpetradas por kurdos hábilmente incitados por las autoridades imperiales.
Los yezidíes que huyeron a Georgia simplemente intentaban sobrevivir: buscaban un lugar donde vivir y un medio de vida, contando para ello con el apoyo tanto de los georgianos como de los armenios residentes en la ciudad. En poco tiempo, comenzaron a formar una comunidad organizada. Uno de los primeros hitos significativos en su relación con Georgia fue la creación, durante el periodo de la Primera República Democrática de Georgia, de la primera organización laica yezidí: el Consejo Nacional de los Yezidíes. Un siglo después, asistimos a la continuidad de dicha organización mediante la institucionalización del yezidismo en Georgia como religión oficial, con su propio estatus y constitución: una religión de la minoría étnica yezidí reconocida por el Estado georgiano.
El Consejo había recibido la bendición de los máximos líderes espirituales yezidíes de Irak —Mir Tahsin Beg y el Baba Sheikh, Khurto Hajji Ismail— y gozó de independencia administrativa de facto desde su fundación. Este estatus se formalizó cuando el Consejo declaró su autonomía e independencia oficiales respecto al Consejo Espiritual Supremo de Irak, pasando a denominarse «Akhtiarate de Georgia y Sarhad Yezdikhan» (siendo Yezdikhan la denominación tradicional yezidí para los antiguos territorios de esta comunidad situados en las zonas fronterizas orientales del Imperio otomano). El Akhtiarate reconoció a Lalish como su centro espiritual y aceptó la primacía del clero allí establecido. Representantes de esta institución, en colaboración con yezidíes de la diáspora en Alemania, redactaron una constitución general para todos los yezidíes —un documento muy interesante que he incluido como anexo en mi libro—, la cual fue llevada hace unos años a Irak para ser consultada con el alto clero yezidí.
Hay que añadir la agresiva política atea soviética, cuyas víctimas fueron todos los grupos religiosos que vivían en la URSS. Sin embargo, resulta interesante observar que esta política no afectó con tanta severidad a los propios yezidíes. En primer lugar, constituían una comunidad bastante hermética y poco receptiva a los agitadores; en segundo lugar, la eficacia de la propaganda atea se vio mermada simultáneamente por la política soviética de korenizatsiya o «indigenización», que ponía el acento en los valores culturales y los rasgos distintivos de los pueblos que habitaban las repúblicas de la URSS. En el caso de la diáspora yezidí local —a diferencia de los yezidíes que vivían en Irak, Siria y Turquía—, esto reforzó su sentido de dignidad y despertó en ellos el deseo de abrazar su propia tradición, la cual, al fin y al cabo, era en gran medida de carácter religioso.
Fue en gran medida gracias a la política soviética de korenizatsiya que en la década de 1970 se estableció en Tiflis un teatro yezidí, el cual representaba obras en la lengua materna de los yezidíes. La disolución de la URSS provocó el cese de sus actividades. No obstante, hasta aquel momento había sido uno de los factores que reforzaron el sentido de valor cultural propio entre los yezidíes de la zona. La época soviética también brindó a los yezidíes locales acceso universal a la educación y la oportunidad de cursar estudios superiores; esto dio lugar a la aparición de los primeros académicos yezidíes tanto en Armenia como en Georgia, incluidos especialistas en cultura kurda y yezidí, cuyas biografías y logros analizo detalladamente en el libro.
Se realizaron esfuerzos por eliminar los temas religiosos, lo que dio lugar a que estos no aparecieran ni en las publicaciones académicas ni en la literatura. Hubo excepciones interesantes, como la obra del poeta yezidí Mikael Reshid, de quien cito en el libro varios hermosos poemas de carácter religioso.
Una amenaza para la identidad cultural yezidí mucho mayor que la ateización soviética surgió en la década de 1990, con el colapso de la URSS y la recuperación de la independencia de Georgia, ya que los yezidíes perdieron el apoyo institucional y financiero del Estado para sus iniciativas culturales. Fue durante este periodo cuando la ideología del internacionalismo en Georgia fue sustituida por el nacionalismo, el cual dejó de percibir a los yezidíes como un valor añadido en una sociedad multicultural para verlos, en cambio, como una amenaza para la «pureza étnica» de Georgia. Estas actitudes han cambiado; hoy en día, los yezidíes gozan de respeto en la sociedad georgiana y reciben un trato igualitario respecto a los georgianos de etnia georgiana.
Resulta interesante observar que, en medio de la ola de tendencias nacionalistas de la década de 1990, surgió también entre los yezidíes locales un interés por su propia identidad nacional. Si bien anteriormente, bajo la influencia del paradigma de su identidad kurda predominante en los estudios soviéticos, tendían a considerarse kurdos, empezaron a cuestionar cada vez más dicha etiqueta y a defender la idea de que constituyen un grupo étnico diferenciado o incluso una nación.
Los hitos más importantes son las iniciativas emprendidas en la última docena de años aproximadamente, comenzando por la construcción del templo yezidí en Tbilisi y la creación del ya mencionado Consejo Espiritual de los Yazidíes de Georgia; acontecimientos en los que Pir Dima y el círculo de «reformistas» yezidíes vinculado a él desempeñaron un papel destacado. Fue gracias a ellos —y con el respaldo institucional de la Universidad Estatal Ilia y la financiación de un benefactor de la diáspora yezidí en Alemania, originario de Turquía— que en 2018 se fundó la primera institución académica yezidí del mundo: la Academia Internacional de Teología Yezidí. Se trata de una institución orientada a la formación de los yezidíes, tanto en lo relativo a sus conocimientos teológicos como en una perspectiva más amplia que abarca los estudios religiosos y la filosofía formando a los futuros líderes de la comunidad. Actualmente, la tercera promoción ya cursa sus estudios en la Academia, incluyendo este año a estudiantes yezidíes procedentes de Irak, Francia, Alemania y Georgia.

Cabe destacar la creación en Georgia de la International Journal of Yezidi Studies (Revista Internacional de Estudios Yezidíes), publicación académica que opera bajo los auspicios de la Academia en colaboración con la Universidad Estatal Ilia. Hasta la fecha se han publicado dos números de la revista, ambos disponibles tanto en formato impreso como en línea en acceso abierto. Me atrevo a afirmar que esta publicación, junto con las actividades de la Academia, constituye un hito importante en los estudios yezidíes —o yezidología—, al consolidar este campo como una disciplina independiente en lugar de una subdisciplina de los estudios kurdos, como había sido el caso hasta ahora.
El último de estos hitos es la creación en Tbilisi del primer museo del mundo dedicado a la cultura y la religión yezidíes, denominado «El Tesoro de Yezdikhan». Este proyecto contó con el apoyo financiero de la Iglesia Católica, gracias a la labor de mediación y respaldo del nuncio apostólico en Georgia. Los preparativos para la inauguración del museo están a punto de concluir, y tanto la colección de piezas —que abarca desde indumentaria religiosa y civil, joyas y numismática hasta objetos sagrados, elementos de decoración interior y primeras ediciones de mapas y libros sobre los yezidíes— como la forma en que se exhiben resultan verdaderamente impresionantes. Este museo recibirá numerosas visitas y contribuirá tanto a fortalecer el sentido de identidad yezidí como a fomentar un legítimo orgullo por el propio patrimonio.

Un hombre y una mujer yezidíes aparecen en postales soviéticas publicadas en 1936 por el Museo Estatal de la República Socialista Soviética de Georgia; estas reproducen pinturas de la serie Pueblos del Cáucaso con trajes tradicionales de Max Tilke (1910), procedentes de la colección de Artur Rodziewicz.
MF- Tu libro explora tanto el pasado como el presente de estas comunidades. ¿Qué cambios clave observas en la vida religiosa, la tradición oral y las instituciones yezidíes en Georgia durante las últimas décadas?
AR- Los cambios más significativos guarden relación con la institucionalización y la autoidentificación, aspectos interconectados. En lo que respecta a la identidad étnica yezidí, ha reinado durante mucho tiempo la confusión, tanto entre los propios yezidíes como entre quienes los observan desde fuera, concretamente académicos y políticos.
Los yezidíes de Georgia vivieron primero bajo el dominio del zar en el Imperio ruso; posteriormente, durante un breve periodo, en la independiente República Democrática de Georgia; más tarde, en la República Comunista de Georgia —subordinada a la Unión Soviética e integrada en ella—; y, en la actualidad, residen de nuevo en una Georgia independiente. A lo largo del siglo pasado, tanto en documentos oficiales como en censos de población, fueron clasificados de diversas maneras: ya fuera como una etnia o nacionalidad distinta, como kurdos o, en otras ocasiones, como kurdos-yezidíes; lo que ilustra claramente la confusión y ambigüedad en torno a su identidad por parte de los funcionarios estatales.
En los documentos oficiales —como los carnés de identidad y las libretas militares—, la casilla de «nacionalidad» figuraba como «yezidí», ¡incluso durante la época de la URSS, cuando en los censos aparecían registrados como «kurdos»! En ese mismo periodo, por ejemplo, en una publicación científica de 1964 sobre la antropología física de la población de Georgia editada en Tbilisi —titulada Antropología de la población antigua y moderna de Georgia—, los yezidíes también aparecían clasificados como un grupo étnico diferenciado, junto a abjasios, circasianos, griegos, rusos, ingusetios, osetios, armenios, judíos y asirios, entre muchos otros. Resulta revelador que los kurdos no fueran incluidos en absoluto; si bien se mencionaba a kabardinos, kists y karacháis, no había ni rastro de los kurdos.
Una confusión similar imperaba en la literatura, pues a principios del siglo XX, en lugar del término «kurdos», se designaba a los yezidíes —tal como ellos mismos solían hacerlo— con el término «kurmanjs». Un ejemplo de ello es la novela del yezidí transcaucásico Arab Shamilov, que originalmente llevaba por título Şivanê Kurmanca —El pastor de los kurmanjs—; sin embargo, sus ediciones posteriores, bajo la influencia del nuevo paradigma, aparecieron con títulos modificados como Şivanê Kurd y Kurdskiy pastukh, ¡es decir, El pastor kurdo!
En la época zarista, a menudo se clasificaba a los yezidíes como un grupo étnico diferenciado lo que contribuía a distanciarlos tanto de los kurdos en general como de los kurdos musulmanes. A su vez, el paradigma posterior que predominó en los estudios orientalistas soviéticos dictaba que se les tratara como «kurdos yezidíes», una postura a la que también se plegaron los propios estudiosos yazidíes. Con el colapso de la URSS y el auge de las tendencias nacionalistas y separatistas, dicho paradigma se desmoronó; en este proceso influyeron decisiones adoptadas en la vecina Armenia, país que hasta el día de hoy conserva la memoria del genocidio perpetrado contra su pueblo por los kurdos. En consecuencia, para distinguir claramente a los yezidíes de los kurdos, Armenia reconoció a los yezidíes como un grupo étnico independiente y a su lengua como «yezidí» en lugar de «kurdo». Este enfoque no está totalmente desconectado de la realidad, ya que los propios yezidíes a menudo no se autodenominaban kurdos, sino yezidíes o kurmanjis. Su identidad «kurda», reivindicada por una parte de la diáspora, parece ser en gran medida fruto de la propaganda del «kurdismo» nacionalista, surgida en la década de 1920. Por cierto, prefiero este término al de «nacionalismo kurdo», pues los términos «kurdo» y «kurdo» (o «kurda») me parecen todavía bastante imprecisos, ambiguos y —debido al fervor emocional que conllevan— difíciles de clarificar.
En Georgia, tras el colapso de la URSS, un número creciente de yezidíes se distanció de cualquier vínculo con los kurdos, una tendencia que se intensificó aún más en los últimos años, después de que los kurdos dejaran a los yezidíes a su suerte en 2014 frente al terror del Estado Islámico. En el libro describo detalladamente este cambio de paradigma y expongo los debates y argumentos de los propios yezidíes al hablar de su identidad étnica. Al hacerlo, deseo subrayar que considero dignos de atención los argumentos de ambas posturas —es decir, tanto de quienes se identifican como kurdos o kurdos-yezidíes como de quienes se consideran una nación distinta de la kurda—, y he dado voz a todas estas partes.
Otro de los cambios se refiere a las conversiones, cada vez más frecuentes, de yezidíes a otras religiones —en particular al cristianismo— y al debate (tanto académico como interno de su propia comunidad) sobre cómo esto afecta a su identidad. Antiguamente, quienes se convertían eran ejecutados —tal como dictaba la costumbre en Irak— o dejaban de ser reconocidos como yezidíes. Esta norma se aplicaba igualmente a quienes entablaban relaciones íntimas con personas ajenas a la comunidad yazidí. Un fenómeno novedoso es que un número creciente de conversos se identifica como «yezidíes cristianos» o «cristianos yezidíes», prescindiendo por completo del significado tradicional del término «yezidí», que vinculaba estrictamente la religiosidad a la etnia y a las normas de endogamia. La semana pasada asistí a una reunión en la catedral principal de Tbilii —la Catedral de la Santísima Trinidad o Tsminda Sameba— entre un yezidí convertido al cristianismo, el hieromonje Madai Maamdi, y los fieles que, al igual que él, nacieron en familias yezidíes pero recibieron el bautismo cristiano. La mayoría se identificaba precisamente como yezidíes cristianos, subrayando que, si bien la identidad y la tradición yezidíes siguen siendo importantes para ellos, son cristianos y fusionan ambos componentes en uno solo. Tal síntesis solo es posible para quienes han reducido el hecho de ser «yezidí» a la etnia, la lengua y el sentido de comunidad cultural; es decir, exactamente la forma en que los mencionados ideólogos comunistas de la URSS deseaban percibir a los yezidíes.
Muchos de los cambios mencionados están vinculados al hecho de que los yezidíes se han visto privados de la oportunidad de vivir en su propio entorno, aislados de otras culturas, y se han asentado entre miembros de otras religiones y hablantes de otros idiomas. En Georgia esto conduce no solo a conversiones religiosas o matrimonios mixtos entre yezidíes y cristianos y a la mezcla y combinación de símbolos religiosos; un ejemplo de ello es la exhibición de representaciones del Ángel Pavo Real junto a la Virgen María en las paredes de un mismo hogar. A esto se suman la secularización y la ateización habituales y, en última instancia, la asimilación, lo que lleva a muchos yezidíes a empezar a identificarse como yezidíes georgianos o incluso como georgianos de ascendencia yezidí.
MF- ¿Cómo se relacionan los yezidíes de Georgia con otros grupos yezidíes (especialmente en Oriente Medio) y con la población kurda? ¿Observas un fortalecimiento o un debilitamiento de los lazos transfronterizos?
AR- Cabe recordar que varias generaciones de yezidíes que viven en Georgia nunca habían visitado Irak y, en el mejor de los casos, podían soñar con hacerlo o, cuando la tecnología lo permitió, ver los lugares sagrados de sus antepasados en fotografías y vídeos. Solo un puñado de personas logró visitar Lalish, lo que despertó gran interés entre los yezidíes iraquíes, quienes a menudo desconocían que sus parientes lejanos vivían en la lejana Georgia.
Estos contactos se están intensificando, especialmente desde la inauguración del santuario yezidí de Sultán Yezid en Tiflis en 2015, cuya construcción fue consagrada por una delegación del más alto clero yazidí procedente de Irak. Desde entonces, yazidíes de Irak y representantes de las comunidades de la diáspora dispersas por muchos otros países —sobre todo de Rusia, Alemania y Armenia— acuden en junio para celebrar el tawaf, el festival anual que tiene lugar en este edificio.
Por otra parte, la generación de mayor edad, por ejemplo, vivía marcada por el recuerdo de los terribles sucesos ocurridos en la zona fronteriza entre Turquía y Rusia, por lo que su actitud emocional hacia kurdos y turcos era profundamente negativa. Esta postura se ha atenuado entre las generaciones más jóvenes. Sin embargo, a raíz del debate surgido en torno a la identidad yezidí y su grado de vinculación con la «identidad kurda», han aparecido dos bandos opuestos: uno radicalmente a favor de los kurdos y otro en contra.

MF- Uno de los acontecimientos destacados que abordas es la creación de la Academia Teológica Internacional Yezidí en Tiflis. ¿Qué papel considera que desempeña esta institución en el futuro del yezidismo en su conjunto?
AR- La Academia Yezidí ha comenzado a cumplir un papel clave en la formación de sus estudiantes, quienes provienen no solo de Georgia, sino de diversos lugares de Irak (Duhok, Sharia, Bashiqa, Khatara, Sinjar), Turquía, Alemania, Francia, Bélgica, Rusia, Armenia y Siria. El autor, que imparte Filosofía desde sus inicios sin interferir en las enseñanzas religiosas directas, destaca que el objetivo es proporcionar a los alumnos tanto conocimientos sobre los principios, la producción creativa y las prácticas de su fe, como herramientas académicas (estudios religiosos, historia, terminología teológica, filosofía y psicología). Gracias a ello, los estudiantes comprenden aspectos que sus jeques y pirs no habían podido explicarles, lo que reduce una de las principales causas de abandono de la religión entre los jóvenes. Ya se han graduado dos promociones, y muchos egresados se muestran profundamente comprometidos con su comunidad y tradición.
Además, la Academia aborda necesidades históricas derivadas de la antigua prohibición del uso de la escritura entre los yezidíes. Se trabaja en la formulación por escrito de los dogmas religiosos basados en las obras sagradas y la tradición oral, y en la preparación de una edición académica de los Qawls, los himnos sagrados equivalentes a las escrituras de otras religiones. Se ha creado el International Journal of Yezidi Studies, donde se espera que publiquen los propios graduados. Esta iniciativa responde a la necesidad de ofrecer fuentes de calidad frente a los contenidos de baja fiabilidad disponibles en internet. Su labor ha generado eco tanto en Irak (con un curso reciente de formación para el alto clero en Duhok) como en la diáspora alemana, donde se ha propuesto crear una segunda academia teológica similar, lo que podría abrir debates doctrinales en el futuro.
MF- El yezidismo es tradicionalmente una religión de tradición oral, con una fuerte prohibición de poner sus enseñanzas por escrito. ¿Cómo han afrontado los yezidíes del Cáucaso Sur los desafíos de preservar su conocimiento sagrado, al tiempo que se adaptaban a la educación moderna, a los medios de comunicación y a la institucionalización?
AR- Yo diría que, por el contrario, los yazidíes no han conservado gran parte de este conocimiento; de haber sido así, no habría necesidad de crear una institución como la Academia de Teología Yazidí. En su caso, no estamos tanto ante una cuestión de ortodoxia —es decir, un marco teórico y un conocimiento formal— sino de ortopraxis, aunque incluso en este ámbito se han olvidado o distorsionado áreas enteras de conocimiento relativas a la práctica ritual. Esta situación no se limita al Cáucaso Sur, ya que la erosión del conocimiento religioso es también notable en Irak —donde cabría esperar que dicho conocimiento alcanzara su máximo nivel—, y sin embargo la comunidad local está profundamente dividida respecto a lo que podría denominarse los principios o dogmas del yezidismo. De hecho, estas diferencias en la percepción que los yazidíes tienen de su propia religión se hacen patentes al conversar con los estudiantes de la Academia.
Por ejemplo, no todos ellos consideran un dios a una de sus figuras sagradas más importantes, el jeque Adi; esto se aplica precisamente a algunos de los que provienen de Irak, lugar donde cabría esperar que hubiera sobrevivido la mayor parte de la tradición religiosa yazidí. Según Pir Dima, con quien traté este asunto, ello podría deberse a la posición dominante del Islam en la región, religión que rechaza la posibilidad de la encarnación de Dios.
A mi juicio, sin embargo, un factor que contribuye en mucha mayor medida a esta situación es la política; concretamente, las ambiciones políticas de los kurdos, quienes buscan influir en la percepción que los yazidíes tienen de su propia identidad con el fin de someterlos por completo a sus intereses ideológicos pankurdos. De ahí que, por ejemplo, cuestionen la divinidad del jeque Adi e intenten desacreditar su figura alegando que distorsionó la religión «kurda» original que los «kurdos» locales —quienes, en su opinión, eran originalmente yazidíes— supuestamente practicaban antes de la llegada del jeque a Lalish.
Lamentablemente, los yezidíes fueron tratados de manera igualmente instrumental en otros Estados; sus conocimientos tradicionales —ya fueran de índole religiosa o cultural— se vieron a menudo comprometidos por las corrientes políticas imperantes. Por ejemplo, en el Cáucaso meridional se les presentaba a veces como una secta cristiana que debía retornar al cristianismo y, en otras ocasiones, como adoradores del Espíritu del Mal a quienes era aún más urgente rescatar de sus garras, preferiblemente mediante el bautismo. Debido a la ausencia de escrituras sagradas y al consiguiente analfabetismo, quedaron expuestos a la propaganda y a las opiniones de quienes pretendían alterar su identidad. Y, de hecho, tales intentos a menudo tuvieron éxito, pues cedieron ante las presiones de académicos, periodistas y políticos —incluidos algunos miembros de su propia comunidad—, llegando a cuestionar ciertos elementos de su tradición o a dejar de preservarlos.
MF- En una perspectiva más amplia, ¿Cuáles consideras que son los mayores desafíos y oportunidades que enfrenta hoy la comunidad yezidí en Georgia, y qué lecciones puede ofrecer su experiencia a las diásporas yazidíes en otros lugares?
AR- En Georgia, los yezidíes enfrentan el desafío de la asimilación y la pérdida de su identidad religiosa. Muchos jóvenes, debido al escaso conocimiento de su fe, no la perciben como una afiliación religiosa, sino solo como una cuestión de lengua y cultura material. Esto les lleva a creer que pueden convertirse al cristianismo sin perder su identidad yezidí, viéndose incluso como “yezidíes-cristianos”, algo que contradice la tradición yezidí clásica.
Existen tres mecanismos principales que influyen en el futuro de la comunidad yezidí en Georgia: uno que busca fortalecer el valor de su religión mediante el conocimiento y la comprensión; otro que promueve la conversión al cristianismo; y un tercero, de carácter étnico y a veces ateo, respaldado por el PKK y organizaciones kurdas, que ofrece una identidad kurda más amplia y atractiva para los jóvenes. Georgia ofrece condiciones favorables al no haber persecución, a diferencia de Irak o Alemania, lo que convierte al país en un posible centro de revitalización del yezidismo. Sin embargo, el rumbo dependerá de la actividad de estos actores, especialmente de iniciativas como las de Pir Dima. No descarto una transformación hacia un “Neo-Yezidismo” para adaptarse a los nuevos tiempos, un dilema clásico entre preservar la tradición intacta o modernizarse, cuyas repercusiones, facilitadas por internet, podrían influir en el yezidismo global en las próximas décadas.
