Memoria encarnada

por | May 20, 2026 | Blog, Portada | 0 Comentarios

Los sicanje croatas y las batallas históricas en Eurovisión

Por Manuel Férez. Profesor de Medio Oriente y Cáucaso

Publicado originalmente en Foreign Affairs Latinoamerica https://revistafal.com/memoria-encarnada/

Eurovisión se creó en 1956 con el objetivo de fomentar la unidad europea por medio de la música, en un continente aún marcado por las heridas de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en las últimas décadas se ha convertido en un escenario paradójico donde, bajo la apariencia de un festival apolítico, emergen antiguas fracturas históricas.

Uno de los temas más sensibles es el legado del Imperio otomano en los Balcanes y el Cáucaso. Países como Armenia, Chipre, Croacia y Grecia han encontrado en el certamen una plataforma para escenificar identidades nacionales y evocar episodios de dominación, conversiones forzadas y resistencia cultural.

El caso croata: los sicanje en el escenario de Viena
En la final de la más reciente edición de Eurovisión, celebrada el 16 de mayo de 2026 en Viena, el grupo croata LELEK irrumpió con una propuesta que trascendió lo meramente musical. Las cinco integrantes lucieron réplicas de los sicanje —o bocanje—, una de las tradiciones de tatuaje más antiguas de Europa y un símbolo asociado a la resistencia cristiana frente a siglos de dominación otomana en los Balcanes.

LELEK, quinteto vocal femenino formado en Zagreb en 2024, combina ethno-pop contemporáneo con armonías inspiradas en el folclore croata. Su canción “Andrómeda”, ganadora del festival Dora, entrelaza el mito griego de la heroína liberada con la experiencia histórica de resiliencia de las mujeres católicas de Bosnia y Herzegovina y Dalmacia. La letra, con frases como “Nuestras madres no han parido esclavas”, adquiere una fuerza particular al acompañarse de los tatuajes visibles en la piel de las artistas.

Origen y significado de una tradición corporal
Según el antropólogo Lars Krutak, en su estudio “Balkan Ink: Europe’s Oldest Living Tattoo Tradition” (2017), los sicanje constituyen una de las tradiciones de tatuaje vivas más antiguas de Europa. Sus raíces se remontan a las culturas traco-ilirias de los Balcanes, anteriores al siglo III a.C. Aunque posteriormente se integraron al catolicismo tras la cristianización de la región, conservaron elementos paganos precristianos —como dualismos entre luz y oscuridad, serpientes y motivos astrales—, lo que revela una notable continuidad cultural.

La práctica se desarrolló principalmente entre mujeres católicas —y, en menor medida, entre niños y hombres— en el centro de Bosnia y Herzegovina y partes de Dalmacia. Tras la conquista otomana de Bosnia en 1463, que sometió gran parte de los Balcanes durante más de 4 siglos —hasta 1878 en el caso bosnio—, estos tatuajes adquirieron una función existencial vinculada a la supervivencia y la resistencia cultural.

En un contexto histórico marcado por fuertes presiones de islamización, el sistema del devşirme —consistente en el reclutamiento forzoso de niños cristianos para convertirlos en soldados de élite del Imperio otomano, conocidos como jenízaros—, así como los secuestros, la esclavitud sexual y los matrimonios forzados, muchas madres y abuelas desarrollaron una estrategia corporal de resistencia. Tatuaban a las niñas en zonas visibles —manos, muñecas, antebrazos, rostro, pecho y cuello— con cruces cristianas y motivos geométricos protectores. Debido a la prohibición coránica de los tatuajes permanentes, estas marcas convertían a las jóvenes en “impuras” para buena parte de la sociedad musulmana de la época, funcionando como una barrera visible frente a la conversión forzada y el secuestro.

Lejos de tratarse de un simple gesto individual de rebeldía, el sicanje operó, como señala la socióloga Tímea Barabás en In(k)scribed Identities: A Sociological Analysis of Catholic Croat Tattoos (2019), como un poderoso mecanismo de cohesión social y reproducción identitaria. Inspirándose en las ideas de Michel Foucault y en teorías contemporáneas de la identidad social, Barabás interpreta estos tatuajes como un “proyecto corporal” de agencia femenina.

Los sicanje dejaron de ser un simple elemento folclórico para convertirse en el testimonio vivo de una memoria histórica que resiste el paso del tiempo.


Desde esta perspectiva, las mujeres no fueron únicamente víctimas pasivas de la historia imperial, sino sujetos activos que utilizaron su propio cuerpo como superficie de inscripción política y religiosa. En un entorno marcado por la asimilación forzada, el tatuaje se convirtió en un marcador indeleble de pertenencia comunitaria, fe católica y rechazo a la dominación otomana. Estas marcas funcionaban, en palabras de Barabás, como una “frontera política móvil” que el Imperio no podía borrar.

El ritual del bocanje —del verbo “pinchar”— era extremadamente doloroso y constituía un auténtico rito de paso femenino. Las ancianas trazaban los diseños y los realizaban con agujas calentadas. La tinta se preparaba con ingredientes cargados de simbolismo ritual: hollín de resina de pino, miel, saliva, leche materna —preferiblemente de madres de niños de ojos azules—, yema de huevo, jugo de enebro y agua bendita. Tras el procedimiento, se aplicaba papel índigo para fijar el característico tono azul oscuro.

Los motivos más recurrentes —cruces (križ), pulseras protectoras (narukvica), vallas (ograda), ramas de pino, círculos (kolo), espigas, soles, lunas y estrellas— combinaban elementos de protección espiritual, identidad familiar y simbolismo cosmológico.

La tradición decayó drásticamente después de la Segunda Guerra Mundial y durante el régimen comunista yugoslavo, que la consideraba una práctica primitiva incompatible con el proyecto socialista de “hermandad y unidad”. Sin embargo, en las últimas décadas ha experimentado un proceso de revitalización ligado a los esfuerzos de recuperación cultural y nacional en Croacia y en Bosnia y Herzegovina.

Exposiciones como la celebrada en Namur, Bélgica, en 2022, han contribuido a reinsertar esta tradición en el mapa cultural europeo, presentándola como un ejemplo paradigmático de resistencia cultural frente a sucesivas dominaciones imperiales.

Reacciones y el peso de la memoria histórica
Como era previsible, la actuación de LELEK generó malestar en Turquía. La combinación de los tatuajes y la letra de la canción fue interpretada por diversos sectores como una alusión directa a la dominación otomana. No se trata de un episodio aislado: Armenia en 2015, Grecia en 2025 y ahora Croacia han utilizado el escenario de Eurovisión para visibilizar memorias históricas dolorosas que Ankara considera ataques a su narrativa nacional.

Las redes sociales turcas dedicadas al certamen se llenaron rápidamente de críticas contra el quinteto croata y contra el propio festival. El diputado croata Marin Miletić respondió a las críticas con una declaración contundente: “¿Por qué les molesta la verdad? El pueblo croata combatió a los otomanos durante casi 400 años, y no pudieron vencernos. Sobrevivimos y preservamos a nuestro pueblo, nuestra fe, nuestra cultura y nuestra identidad”.

La controversia revela hasta qué punto Eurovisión ha dejado de ser únicamente un concurso musical para convertirse en un espacio donde se reafirman soberanías históricas y se confrontan narrativas nacionales. Para Turquía, que abandonó el certamen en 2013, este tipo de expresiones resulta especialmente provocador en un foro que, según las normas de la Unión Europea de Radiodifusión, debería mantenerse oficialmente apolítico.

Más allá de la estética: memoria encarnada
Al vincular el mito de Andrómeda con la historia real de las mujeres balcánicas, LELEK transformó el cuerpo femenino tatuado en un actor político. Los sicanje dejaron de ser un simple elemento folclórico para convertirse en el testimonio vivo de una memoria histórica que resiste el paso del tiempo.

En un certamen como Eurovisión, que suele privilegiar mensajes universales y fácilmente digeribles, Croacia recordó que la cultura europea no se construye únicamente sobre abstracciones luminosas, sino también sobre cicatrices históricas concretas, resistencias particulares y pasados incómodos. Silenciar esas memorias bajo el pretexto de la armonía no las elimina; solo las debilita temporalmente y, paradójicamente, puede volverlas más explosivas.

La verdadera unidad europea —si pretende ser duradera— no puede sostenerse sobre el olvido selectivo ni sobre la relegación política de la historia, sino sobre el reconocimiento mutuo de las distintas experiencias históricas que han dado forma al continente. En Viena, las voces y los tatuajes de LELEK ofrecieron un recordatorio potente y necesario de esa realidad.