De sionista a apologista de Hamás: la extraordinaria trayectoria del historiador de Oxford Avi Shlaim

por | Abr 29, 2026 | Lenguaje, Portada | 0 Comentarios

Por Benny Morris. Historiador israelí. Entre sus libros se encuentran 1948: A History of the First Arab-Israeli War (Yale UP, 2008) y, más recientemente, Sidney Reilly: Master Spy (Yale UP, 2022).

Publicado originalmente en: https://quillette.com/2026/04/29/from-zionist-to-hamas-apologist-avi-shlaim/

En los últimos dos años, Israel ha sido objeto de innumerables difamaciones, tanto por parte de antisionistas y antisemitas tradicionales como de aquellos surgidos a partir del 7 de octubre de 2023. Sin embargo, son pocos los que en Occidente han manifestado públicamente su apoyo incondicional a Hamás, organización designada como terrorista por la UE y la mayoría de las democracias occidentales.

Avi Shlaim ha sido una excepción a la regla. Tras declararse sionista, Shlaim ha recorrido un camino perverso en el que parece haber perdido el rumbo moral. Y Shlaim no es un estudiante estadounidense o europeo ignorante, con su kufiya a la moda, que recita «del río al mar» sin saber a qué río se refiere. Shlaim es un historiador respetado de la Universidad de Oxford que se supone que sabe algo sobre Oriente Medio, que sabe que Hamás masacró a unos 850 civiles israelíes el 7 de octubre de 2023 y que, francamente, defiende valores y políticas antisemitas, misóginas, homófobas, antioccidentales y antidemocráticas.

Puedo dar fe personalmente del sionismo de Shlaim en el pasado y no solo porque he leído atentamente sus escritos durante las últimas cuatro o cinco décadas. Hace unos veinte años, almorcé con él en el comedor del St Antony’s College, donde mi esposa Leah le preguntó sin rodeos: «¿Se considera usted sionista?».

Respondió con un simple «sí».

¿Qué significaba su asentimiento? Pues bien, la Tierra está dividida en Estados-nación, en la mayoría de los cuales un pueblo es soberano. Los holandeses tienen un Estado, los franceses tienen un Estado, los checos tienen un Estado, y así sucesivamente. De hecho, los árabes, según el último recuento, tienen 22 Estados, como resultado de una campaña de conquista imperial y proselitismo que comenzó en el siglo VII. Los judíos, dispersos entre las naciones, sufrieron opresión y masacres a manos de cristianos y musulmanes durante dos milenios, hasta que, a finales del siglo XIX, se organizaron y, como tantos otros pueblos, exigieron un Estado propio. Estos fueron los primeros sionistas. Un sionista es alguien que apoya el regreso de los judíos a Sión y el establecimiento de un Estado judío —como ocurrió en 1948—, y considera la continuidad de dicho Estado un imperativo moral y político, especialmente a la luz del Holocausto. Los sionistas establecieron su Estado en «Sión» —uno de los nombres bíblicos de la Tierra de Israel, que primero los romanos, luego los cristianos y, más tarde, los árabes rebautizaron como «Palestina»—, porque era la tierra donde los judíos habían vivido y ejercido soberanía durante gran parte del periodo comprendido entre los años 1200 a. C. y el siglo II d. C. El regreso de un pueblo exiliado a su tierra y el restablecimiento de la soberanía constituyeron un acontecimiento único en la historia de la humanidad.

Shlaim lo comprendía todo y era sionista. En 1964, cuando se alistó en el ejército israelí como joven recluta y juró lealtad al Estado judío, escribió en su autobiografía de 2023, Three Worlds, Memoirs of an Arab-Jew (Tres mundos: memorias de un árabe-judío), que sentía el nacionalismo en la sangre. En su último libro, Genocidio en Gaza: La larga guerra de Israel contra Palestina, una recopilación de ensayos y artículos escritos entre 2009 y 2024, explica: «Escribo como alguien que sirvió lealmente en el ejército israelí a mediados de la década de 1960 y que nunca ha cuestionado la legitimidad del Estado de Israel dentro de sus fronteras anteriores a 1967».

Sin embargo, el «ha» de esta frase es engañoso y Shlaim, cuya gramática suele ser impecable, debería haberlo omitido. Porque con el tiempo, sus opiniones cambiaron.

El primer punto de inflexión fue la Guerra de los Seis Días de 1967, en la que Israel conquistó y ocupó Cisjordania, Jerusalén Este y la Franja de Gaza. Según Shlaim, entonces surgió el desencanto: «Israel se convirtió en una potencia colonial» y las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) pasaron de ser defensoras de un territorio legítimo a «una brutal fuerza policial de una brutal potencia colonial».

Muchos israelíes, yo incluido, estaríamos de acuerdo con él en que 1967 y sus consecuencias cambiaron progresivamente su país para peor. Sin embargo, la desafección de Shlaim progresó rápidamente, lo que transformó sus puntos de vista sobre el pasado del sionismo y el presente de Israel. Llegó a comprender, nos dice, que el sionismo siempre había sido…

…un movimiento colonial de asentamiento que avanzó implacablemente hacia su objetivo de construir un Estado judío en Palestina, incluso si ello implicaba, como era inevitable, el despojo de la población nativa. Los orígenes de la decadencia moral de Israel son anteriores a 1967. Israel siempre ha sido un Estado colonial de asentamiento. La lógica del colonialismo de asentamiento es la eliminación de la población autóctona.

No recuerdo que Shlaim calificara al sionismo de proyecto «colonial de asentamiento» antes de que este se convirtiera en el lema de sus detractores actuales (de hecho, «colonialismo de asentamiento» sería una descripción mucho más acertada de los imperios musulmanes que se han extendido por el norte de África y Oriente Medio durante los últimos catorce siglos).

Para Shlaim, la cuestión también tenía una dimensión personal. Llegó a creer que él, su familia y, de hecho, los 800 000 judíos sefardíes que llegaron a las costas de Israel después de 1948, también fueron víctimas del proyecto sionista. Estos judíos emigraron masivamente a Tierra Santa atraídos por la propaganda sionista y la presión de la intimidación panárabe generada por la guerra de 1948, cuando el mundo árabe llegó a creer —o fingió creer— que sus judíos eran una minoría potencialmente subversiva. Shlaim no reconoce que los refugiados sefardíes que se asentaron en Israel fueron, en realidad, salvados de los posibles horrores de vivir como una minoría perseguida de tercera clase en tierras árabes musulmanas.

Sin embargo, Shlaim fue aún más allá. Para 2024, se había convertido en un defensor declarado de Hamás y había ayudado a Catar, principal patrocinador de Hamás en el mundo árabe, a presentar una demanda contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia (como detalla en su libro Genocidio en Gaza). Desde entonces, Shlaim se ha convertido en el principal promotor de Hamás en Occidente, destronando al académico disidente israelí Ilan Pappe. Sin embargo, a diferencia de Pappe, Shlaim sí es tomado en serio como académico. Y, si bien Genocidio en Gaza sin duda le granjeará el reconocimiento de la comunidad académica británica, probablemente menoscabará su prestigio como historiador.

¿Cómo valora Shlaim a Hamás? Según él, se trata de un conjunto de ideas que incluye la libertad y la autodeterminación del pueblo palestino. No es idéntico al ISIS, como afirma Netanyahu. El ISIS es una organización yihadista con una agenda global nihilista. Hamás, por el contrario, es una organización regional con una agenda política limitada y legítima. Israel considera a Hamás una organización terrorista, pero Hamás se ve a sí misma como un movimiento de liberación nacional, similar al que lideró la lucha argelina por la independencia de Francia. (Esta última comparación quizás no sea tan halagadora como pretende Shlaim, dado el historial de Argelia tras su independencia, que dista mucho de ser un ejemplo de democracia liberal exitosa).

Un problema evidente es que la agenda política de Hamás, limitada y legítima, incluye de forma destacada la destrucción del Estado judío, como se puede apreciar en su carta fundacional de 1988, que nunca ha revocado y que sigue siendo su pilar constitucional. Es cierto que en 2017 Hamás emitió una declaración no vinculante titulada «Documento de Principios y Políticas Generales», diseñada para atraer a los ingenuos occidentales con su lenguaje pragmático y no teocrático. Sin embargo, como cualquier militante o líder de Hamás le dirá, lo que realmente importa es la Carta, redactada por el fundador, el jeque Ahmed Yassin, y sus discípulos. La Carta es la que Hamás ha inculcado en sus sistemas de jardines de infancia, escuelas y universidades en la Franja de Gaza, antes de que sus instalaciones fueran arrasadas en gran parte por aviones israelíes entre 2023 y 2025. Y fueron los principios de la Carta los que pusieron en práctica los combatientes de Hamás que invadieron el sur de Israel el 7 de octubre de 2023. Hamás ha publicado recientemente un resumen de 36 páginas sobre sus actividades y políticas recientes en el que afirma que «el proyecto sionista… no comprendió que su destino será el mismo que el de todas las oleadas de invasores a lo largo de la historia… O será expulsado de nuestra tierra bendita o será enterrado en ella».

No obstante, la Carta sigue siendo el documento clave y deja claro que el islam —en este caso, Hamás— destruirá Israel y lo reemplazará por un gobierno islámico teocrático desde el río hasta el mar: «Enarbolará la bandera de Alá sobre cada palmo de Palestina». Estos son los planes de Hamás para el futuro inmediato. Sin embargo, Hamás es solo la rama palestina de la Hermandad Musulmana «universal», cuyas aspiraciones se extienden «hasta los confines de la tierra y los cielos». Israel no es su único objetivo. La Hermandad, al igual que Al Qaeda de Bin Laden, aspira al dominio islámico mundial: los miles de millones de infieles del planeta deben someterse o ser exterminados. Los occidentales pueden considerar esto como una fantasía. Pero esta es la meta que anhelan los islamistas y sus numerosos seguidores en el mundo musulmán.

Y, por supuesto —dejando de lado el mundo de fantasía de Shlaim—, al igual que en el ISIS, la Carta de Hamás exalta la yihad como una creencia fundamental: «Alá es el objetivo de Hamás, el Profeta es su modelo, el Corán su constitución, la yihad es su camino y la muerte por la causa de Alá es su más elevado anhelo». Quien desestime esto como mera palabrería, solo tiene que mirar lo ocurrido el 7 de octubre para ver un ejemplo de lo que esto significa. Hamás se diferencia del ISIS únicamente en que calcula que publicar sus atrocidades le causaría más pérdidas que ganancias, ya que no serían bien recibidas por los liberales occidentales. En octubre de 2023, el Gobierno israelí tomó la imprudente decisión de mantener fuera del dominio público las grabaciones de las cámaras GoPro de Hamás y los registros de sus propias unidades de recogida de cadáveres. No obstante, a estas alturas, muchos periodistas y ciudadanos ya han visto las imágenes de los asesinatos y la masacre de aquel día.

El documento de Hamás de 2017 difiere en un aspecto importante de la Carta de 1988: elimina las expresiones antisemitas de esta última. La Carta acusa a los judíos de ser los causantes de la Revolución Francesa, la Revolución Rusa, la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial; el documento de 2017 omite estas acusaciones. Además, la Carta es explícita sobre lo que debería sucederles a los judíos. Citando un hadiz popular, afirma: «El Día del Juicio no llegará hasta que los musulmanes combatan a los judíos y los maten, cuando el judío se esconda tras las piedras y los árboles. Las piedras y los árboles dirán: “¡Oh, musulmanes! ¡Oh, Abdullah [es decir, siervo de Alá]! Hay un judío detrás de mí, venid y matadlo». El 7 de octubre de 2023, este versículo cobró vida de forma espantosa, cuando cientos de asistentes al festival de música Nova que intentaron esconderse tras rocas y árboles fueron masacrados.

Por supuesto, Shlaim no puede evitar mencionar los sucesos del 7 de octubre de 2023. Por ello, ofrece una justificación parcial de las atrocidades. Según escribe, Hamás es «un movimiento de resistencia islámica» y su invasión del sur de Israel «fue en parte una respuesta a las violaciones israelíes de las prerrogativas musulmanas en la Ciudad Vieja de Jerusalén». Shlaim no detalla estas «violaciones», que en su mayoría son producto de la propaganda islamista. De hecho, desde la conquista de Jerusalén Este en 1967, el Gobierno israelí ha mantenido intacto el statu quo religioso y se ha abstenido de intervenir en las dos mezquitas históricas del Monte del Templo: la Cúpula de la Roca y Al-Aqsa, construidas sobre las ruinas del Primer y Segundo Templo judíos. En contra de los deseos de muchos israelíes, ha dejado la administración del recinto sagrado en manos de sacerdotes, administradores y personal de seguridad musulmanes. Esta situación se mantiene, aunque el ministro de Policía de Israel, Itamar Ben-Gvir, intenta constantemente subvertirla. El ataque del 7 de octubre contra Israel, que Hamás denominó «La inundación de Al-Aqsa», no tuvo nada que ver con prerrogativas o infracciones específicas de lugares sagrados, sino con el objetivo primordial de Hamás: la destrucción del Estado judío infiel.

Al igual que muchos en Occidente, Shlaim no comprende que el objetivo de Hamás ha permanecido constante y que no se puede entender la mentalidad islamista. Irónicamente, en esto se parece al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, que canalizó fondos cataríes a los terroristas durante muchos años, como si se les pudiera sobornar con baratijas. Hamás puede maniobrar tácticamente, simular una moderación momentánea y lanzar periódicamente señales de conciliación, pero su objetivo final nunca cambia.

Shlaim no lo entiende. En Genocidio en Gaza afirma que:

Al igual que otros movimientos radicales, Hamás comenzó a moderar su programa político tras su ascenso al poder en 2007. Desde entonces, ha ido adaptándose gradualmente a la idea de una solución de dos estados, aunque sigue rechazando ideológicamente su Carta y su llamamiento a un estado islámico sobre toda la Palestina del Mandato Británico.

El lenguaje de Shlaim evoca las declaraciones liberales occidentales de la década de 1930 que afirmaban que el ascenso de Hitler al poder conduciría a la moderación y la responsabilidad. Según Shlaim, Hamás «aceptó tácitamente la existencia de Israel y rebajó sus aspiraciones a un Estado palestino independiente según las fronteras de 1967».

Sin embargo, Shlaim no es ingenuo y se protege: «Hamás —afirma— no accedió a firmar un tratado de paz formal con Israel e insistió en el derecho de retorno de los refugiados de 1948, ampliamente interpretado como un eufemismo para desmantelar Israel como Estado judío». El problema, por supuesto, es que, si Israel accede a la demanda palestina del «derecho al retorno», millones de «refugiados» palestinos inundarían el Estado judío —la ONU cifra en más de seis millones a los refugiados de 1948 y sus descendientes, a quienes concede el estatus de refugiado a perpetuidad—, lo que conduciría casi instantáneamente a la desaparición de Israel. En la actualidad, alrededor de cinco millones de palestinos viven en Cisjordania y la Franja de Gaza, y unos dos millones de ciudadanos árabes israelíes, la mayoría de los cuales se autodenominan «palestinos». Los judíos que viven entre el río y el mar suman entre 7 y 8 millones. Una afluencia masiva de «refugiados» árabes los desbordaría demográfica y políticamente.

Su falta de comprensión de la mentalidad islamista queda patente cuando afirma que es posible que Hamás llegara a la conclusión de que «los atentados suicidas perpetrados durante la Segunda Intifada fueron moralmente reprobables y políticamente contraproducentes». Parece argumentar en serio que los terroristas de Hamás podrían haber comprendido que sus atentados suicidas eran «moralmente reprobables». Quizás Shlaim también cree que, de haber vivido lo suficiente, los protegidos de Osama Bin Laden habrían llegado a considerar la demolición de las Torres Gemelas de Nueva York como «moralmente reprobable». Esto demuestra una profunda ignorancia, tanto ideológica como psicológica.

Shlaim afirma que Hamás se «moderó» tras la retirada unilateral israelí de la Franja de Gaza en 2005, pero que finalmente volvió a una mentalidad fundamentalista debido al comportamiento posterior de Israel. Esta es su explicación de las atrocidades cometidas por Hamás el 7 de octubre. Según afirma, Israel rechazó la mano tendida de Hamás en busca de la paz y endureció la presión sobre Gaza, convirtiéndola en una vasta «prisión al aire libre». Así, sin otra opción, Hamás recurrió a la barbarie. «El Hamás que perpetró la masacre del 7 de octubre —escribe— es mucho más extremista que el Hamás que ganó las elecciones palestinas de 2006. Al bloquear el camino hacia un cambio político pacífico, Israel y sus aliados occidentales son en gran medida responsables de este retroceso hacia posturas fundamentalistas».

Esta lógica retorcida también sustenta la tesis central del libro de Shlaim de 2001, The Iron Wall: Israel and the Arab World (El muro de hierro: Israel y el mundo árabe), que afirma que los árabes siempre han buscado la paz con Israel, pero los judíos siguen recurriendo a la espada. Sin embargo, ¿es esta realmente una representación precisa de las relaciones entre árabes y sionistas desde 1882 hasta la década de 2000? A lo largo de Genocidio en Gaza y El muro de hierro, Shlaim ignora o minimiza las propuestas sionistas de compromiso de dos Estados y omite mencionar el persistente rechazo palestino: el rechazo a la propuesta de partición de la Comisión Peel británica en julio de 1937 y a la propuesta de partición de la Asamblea General de la ONU en noviembre de 1947; el rechazo al compromiso de dos Estados ofrecido por el primer ministro israelí, Ehud Barak, y el presidente estadounidense, Bill Clinton, en 2000-2001, y la solución similar de dos Estados propuesta por el primer ministro, Ehud Olmert, en 2007-2008. Desde Muhammad Haj Amin al-Husseini y Yasser Arafat hasta Mahmud Abbas, el actual jefe de la Autoridad Nacional Palestina, los líderes palestinos han sido todos negacionistas, independientemente de lo que hayan podido decir ocasionalmente a sus interlocutores occidentales.

Shlaim discrepa. Según él, lo único que aspiran los palestinos es vivir con libertad y dignidad en aproximadamente una quinta parte del Mandato Británico de Palestina, es decir, Cisjordania, la Franja de Gaza y Jerusalén Este. Shlaim ofrece razones específicas para cada uno de los rechazos a las propuestas de dos Estados. Arafat dijo «no» con la esperanza de obtener mejores condiciones más adelante, ya que la oferta israelí «no era lo suficientemente buena», afirma Shlaim; mientras que Abbas no respondió a la propuesta de Olmert en 2007-2008 porque el primer ministro israelí estaba a punto de dejar el cargo. Shlaim nunca explica realmente por qué los palestinos rechazaron las propuestas de la Comisión Peel de 1937 y de la Asamblea General de la ONU de 1947.

Sin embargo, en El muro de hierro, Shlaim al menos intenta ofrecer un equilibrio y matices; en Genocidio en Gaza, el rigor histórico se ha abandonado por completo. La imagen que se desprende es simplista, en blanco y negro, y en la que Israel siempre es el villano. Incluso cuando, en 1979, Israel aceptó devolver toda la península del Sinaí a Egipto a cambio de la paz y cedió cientos de kilómetros cuadrados en el Arava como parte del acuerdo de paz con Jordania, los judíos no recibieron ningún reconocimiento. En cuanto a los recientes Acuerdos de Abraham, que han propiciado la normalización de las relaciones entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Marruecos y Sudán, las partes árabes son simplemente difamadas por abandonar a sus hermanos palestinos.

Shlaim tiene razón al afirmar que la expansión de los asentamientos israelíes en Cisjordania tras 1967 ha sido un obstáculo importante para la paz entre israelíes y palestinos y que, incluso durante los gobiernos de Yitzhak Rabin y Barak, cuando israelíes y palestinos negociaban un acuerdo, dicha expansión parecía demostrar a los palestinos que los israelíes no se tomaban en serio la paz.

Sin embargo, ¿fue este realmente el principal obstáculo para la paz, como sostiene Shlaim? En mi opinión, el principal impedimento para la paz ha sido la postura palestina, constante desde la década de 1880, que considera el sionismo y a Israel como ilegítimos y sin derecho a la soberanía sobre ninguna parte de Palestina. Es cierto que la derecha israelí, que ha controlado en gran medida la política israelí desde que Menachem Begin llegó al poder en 1977, nunca ha estado dispuesta a compartir el país con un Estado palestino. Sin embargo, esto no explica el rechazo palestino anterior a 1977 ni durante los gobiernos de Rabin, Barak y Olmert, cuando se ofreció la paz y la soberanía palestina.

Shlaim también critica duramente a los sucesivos gobiernos de su país de adopción, Gran Bretaña. Argumenta que Gran Bretaña nunca debió haber emitido la Declaración Balfour de noviembre de 1917, que apoyaba el establecimiento de un «hogar nacional» judío en Palestina. Atribuye la declaración únicamente a intereses imperiales perversos e ignora los motivos altruistas principales o, al menos, adicionales de Balfour. En cuanto al establecimiento de Israel en 1948, Shlaim afirma que «supuso una injusticia monumental para los palestinos». Sería más preciso decir que los palestinos se buscaron la catástrofe al rechazar la propuesta de compromiso de la ONU y optar, en cambio, por ir a la guerra, una guerra que perdieron. En un momento dado, Shlaim cita con aprobación al funcionario antisemita del Ministerio de Asuntos Exteriores británico John Troutbeck, quien escribió a mediados de 1948: «Los estadounidenses fueron responsables de la creación de un Estado mafioso encabezado por “un grupo de líderes totalmente inescrupulosos”». Al condenar la política exterior británica durante el Mandato, Shlaim recurre a un diccionario de sinónimos: «Un hilo conductor ininterrumpido de duplicidad, mentira, engaño y artimañas conecta la política exterior británica desde el inicio del Mandato hasta la Nakba de 1948».

Se trata de una descripción emotiva, pero inexacta, de la política británica. Es posible que los británicos apoyaran el sionismo —con reservas y dentro de ciertos límites— entre 1917 y 1937, pero durante la Revuelta Árabe Palestina (1936-1939) adoptaron una postura antisionista, como se ve en el Libro Blanco de 1939, que restringió severamente la inmigración judía a Palestina justo cuando los nazis se acercaban a la población judía europea. Gran Bretaña se abstuvo en la votación sobre la partición de noviembre de 1947 y prestó asistencia a los estados árabes de diversas maneras durante la guerra de 1948.

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El Diccionario Oxford de Inglés (Short Oxford English Dictionary) define el genocidio como la «aniquilación de una raza», mientras que el Nuevo Diccionario Colegiado Merriam-Webster lo define como «la destrucción deliberada y sistemática de un grupo racial, político o cultural». Ambas definiciones describen con precisión las acciones llevadas a cabo por los alemanes y sus aliados en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, cuando fueron asesinados alrededor de seis millones de judíos, así como las perpetradas por los turcos musulmanes entre 1894 y 1924, cuando fueron masacrados aproximadamente dos millones de armenios, griegos y asirios.

Nada parecido ocurrió en Gaza entre 2023 y 2025. Se produjeron destrucciones generalizadas de infraestructuras y viviendas, y fallecieron alrededor de 70 000 palestinos (cifra que incluye entre 15 000 y 20 000 combatientes de Hamás). Sin embargo, no se produjo un genocidio ni una destrucción sistemática de la población. De hecho, la población de la Franja de Gaza parece haber aumentado ligeramente durante esos años, ya que los nacimientos superaron a las muertes. Los genocidios, por supuesto, provocan una reducción significativa de la población: tras el Holocausto había seis millones de judíos menos, y tras el genocidio turco, dos millones de cristianos menos.

El genocidio también se caracteriza por la intención y la política gubernamentales. Entre 2023 y 2025, ni el Gobierno israelí ni el mando de las FDI manifestaron tal intención ni adoptaron tal política. De haberse tomado realmente una decisión de este tipo por parte del Gobierno o del Estado Mayor de las FDI, se habría filtrado, dada la naturaleza del sistema político israelí. Es cierto que, en el clima de resentimiento posterior al 7 de octubre, varios ministros y miembros del Knesset utilizaron un lenguaje genocida y hablaron de «borrar Gaza del mapa» o «aplanar» Gaza, como documenta minuciosamente Shlaim. Sin embargo, estos políticos no estaban expresando la intención ni la política del Gobierno y, en su mayoría, no participaron en la toma de decisiones ni en la planificación de la guerra.

Es cierto que Netanyahu, siguiendo el ejemplo del presidente Donald Trump, respaldó la idea de una transferencia «voluntaria» de parte o de toda la población de Gaza fuera de la franja, una propuesta que contaba con el apoyo del gabinete israelí. Sin embargo, no se produjo ningún traslado masivo de población, principalmente porque ningún país estaba dispuesto a acoger a cientos de miles de gazatíes y porque Hamás, que controlaba a la población, habría impedido su repatriación. Desarraigar a una población y trasladarla, incluso contra su voluntad, puede acarrear un gran sufrimiento, pero está muy lejos de lo que suele entenderse por genocidio, es decir, el asesinato en masa de un grupo humano por motivos raciales, étnicos o religiosos. Ni el Gabinete ni el Estado Mayor de las FDI decidieron exterminar a los habitantes de Gaza.

Más bien, las órdenes transmitidas a través de la cadena de mando —y la sociedad israelí es tal que estas órdenes se filtraron con bastante rapidez a la opinión pública y a la prensa mediante testimonios y recuerdos de los soldados— demuestran claramente que nunca se contempló el genocidio. Si bien muchos soldados criticaron duramente al Gobierno, ninguno, que yo sepa, ha declarado haber recibido la orden de «matar a los árabes» o de «matar a tantos árabes como sea posible».

El carácter no genocida de las acciones de las FDI en Gaza queda claramente demostrado en las operaciones de la Fuerza Aérea Israelí (FAI). Los bombardeos en la franja de Gaza se dirigieron contra lo que la FAI y los servicios de inteligencia israelíes creían que eran —y generalmente lo eran— depósitos de armas, posiciones militares, bases y escondites de Hamás. Cada ataque fue aprobado por oficiales de inteligencia y asesores legales. Sin duda se cometieron errores y, sin duda, muchos ataques —quizás la mayoría— provocaron la muerte de civiles junto con los miembros de Hamás que eran el objetivo y que se encontraban entre la población civil. No obstante, no hubo ataques deliberados contra civiles. Se podría acusar a los pilotos de la Fuerza Aérea de actuar movidos en parte por la venganza y de no haber tenido en cuenta las víctimas colaterales. Sin embargo, esto no equivale al asesinato deliberado de civiles.

En cada fase de la ofensiva de las FDI en Gaza, se avisó con antelación a los habitantes de las zonas objetivo para que abandonaran sus hogares y refugios. Sabemos que, de media, las familias gazatíes se mudaron entre cinco y seis veces durante la guerra. De hecho, Israel advertía con frecuencia, a veces por teléfono, a los residentes de grandes edificios urbanos para que evacuaran antes de los ataques de la Fuerza Aérea Israelí (FAI).

Las ofensivas terrestres de las FDI provocaron víctimas mortales y heridos entre la población civil, ya que resultaron heridos tanto miembros de Hamás como personas inocentes. Sin embargo, según el testimonio de muchos veteranos que lucharon en Gaza, la mayoría de los soldados tuvieron cuidado de no dañar a los civiles. Y, hasta donde sé, no se produjeron masacres de grupos de civiles o detenidos en ningún lugar de la franja de Gaza durante los dos años de combate (ni se reportó ninguna por parte de los gazatíes), aunque sin duda se cometieron crímenes de guerra a menor escala, como la ejecución de detenidos o civiles. Además, hasta donde sé, las tropas de las FDI no violaron a nadie en la franja de Gaza durante esos dos años —la violación es una constante en los genocidios—, aunque sí ha habido acusaciones de que personal de las FDI o guardias penitenciarios violaron a una o varias detenidas y prisioneras dentro de Israel.

Comparar lo ocurrido en Gaza con los genocidios reales del siglo XX revela diferencias abismales. Durante los genocidios reales, las víctimas no fueron advertidas de los ataques inminentes; en Gaza, esto era lo habitual. En el Holocausto y en el genocidio turco, las víctimas simplemente eran reunidas, llevadas a lugares designados y asesinadas.

Durante gran parte de la guerra, Israel suministró electricidad y agua a la población de Gaza —la mayoría de la cual apoyaba a Hamás, a veces de forma activa, tanto antes como durante el conflicto—, y permitió la entrada de alimentos y otros suministros en la Franja. Es cierto que Israel a menudo restringía la entrada de alimentos con la esperanza de que la población se volviera contra Hamás o de privar a este grupo de los bienes que confiscaba y vendía habitualmente a la población civil, lo que provocó desnutrición e incluso focos puntuales de hambre y hambruna. También es cierto que el intento posterior de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) de alimentar a la población a través de la Fundación Humanitaria Israelí-Estadounidense de Gaza (FHA) o de regular los lanzamientos aéreos internacionales de ayuda humanitaria fracasó en gran medida. Sin embargo, en ningún momento de la guerra el Gobierno adoptó ni implementó una política destinada a someter a la población de Gaza por hambre, aunque varios exgenerales israelíes sí recomendaron tal política.

Para ser justos, debo añadir que la opinión pública y los soldados israelíes mostraron poca compasión por la población civil de Gaza que sufría. En cierta medida, esto se debió a la creencia, al menos durante los primeros meses posteriores al 7 de octubre, de que la mayoría de los gazatíes apoyaban a Hamás, y a los informes de que civiles gazatíes habían cruzado a Israel ese día siguiendo a los combatientes de Hamás para saquear, y posiblemente matar y violar. Tampoco contribuyeron a mejorar la opinión israelí las imágenes de televisión que mostraban a multitudes de civiles gazatíes golpeando a rehenes israelíes mientras eran conducidos por las calles de las ciudades de Gaza y Khan Younis por sus captores de Hamás el 7 de octubre.

También es cierto que las operaciones de las FDI interrumpieron el funcionamiento de la mayoría de los centros médicos de la franja de Gaza. Las FDI allanaron hospitales y clínicas médicas porque creían que eran utilizados por combatientes palestinos y que las ambulancias de la Media Luna Roja transportaban u ocultaban regularmente a combatientes de Hamás. En algunos casos, se detuvo a personal médico, incluidos directores de hospitales. Las unidades de asalto trataron de evitar dañar al personal médico y a los pacientes, pero en algunos casos evacuaron por la fuerza a los pacientes de los hospitales. Casi todos los hospitales de Gaza siguieron funcionando durante los dos años, en contra de la propaganda de Hamás, pero a menudo su funcionamiento se vio gravemente afectado por la falta de suministros médicos, por la muerte, las lesiones o la detención del personal sanitario, así como por las redadas y bombardeos israelíes cerca de los hospitales.

Cabe señalar, sin embargo, que durante las décadas que Hamás dedicó a la construcción de cientos de túneles subterráneos sólidos y complejos para sus combatientes, la organización no construyó refugios para la población civil de Gaza y les prohibió refugiarse en el sistema de túneles.

En resumen, durante la guerra de Gaza murió un gran número de civiles palestinos, pero no se produjo un genocidio, a pesar de que Hamás y sus partidarios en el mundo árabe y occidental llevaron a cabo una eficaz campaña propagandística en la que retrataban a los israelíes como genocidas.

Shlaim afirma: «Israel cruzó la línea roja que separa los crímenes de guerra habituales del genocidio». Argumenta que el genocidio es lo que hacen los Estados «coloniales», como Estados Unidos y Australia, y que Israel es un Estado colonial, por lo que lo ocurrido en Gaza fue un genocidio.

Sin embargo, la premisa del paradigma de Shlaim es incorrecta. En el escenario colonial típico, una metrópoli imperial conquista un territorio del Tercer Mundo, envía a sus habitantes a colonizarlo, explota sus recursos naturales y humanos y, finalmente, aniquila a su población nativa. La metrópoli obtiene beneficios estratégicos y económicos de la colonia resultante. La experiencia sionista entre 1882 y 1948 fue radicalmente diferente. Si bien es cierto que los sionistas de Europa del Este emigraron a la Tierra de Israel y establecieron asentamientos, el país carecía de recursos naturales y, aunque algunos colonos utilizaron mano de obra árabe barata, otros muchos se negaron a hacerlo. Antes de 1948, los sionistas no conquistaron las tierras donde establecieron sus asentamientos, sino que las compraron a vendedores árabes muy dispuestos. Los sionistas no eran agentes de una potencia imperial, sino que se consideraban la vanguardia del pueblo judío, tan perseguido que necesitaba un Estado soberano donde alcanzar la seguridad. Veían en Sión la tierra donde esto debía ocurrir. Los líderes sionistas solicitaron la ayuda de las grandes potencias y, finalmente, recibieron el patrocinio y la asistencia del Imperio británico, pero nunca fueron sus sirvientes ni agentes. De hecho, a mediados de la década de 1940, los judíos de Palestina se rebelaron contra el gobierno del Mandato Británico. Los sionistas consideraban a los habitantes árabes del país como usurpadores, descendientes de invasores de la península arábiga sin ningún derecho sobre la tierra, y se veían a sí mismos como retornados a su antigua patria, no como «colonos».

Además de la mentira del genocidio, el libro está plagado de fragmentos de información errónea, indignos de un historiador serio. En un momento dado, Shlaim afirma que Israel está llevando a cabo una política de limpieza étnica en Jerusalén Este. Entonces, ¿qué explica que la población árabe de Jerusalén Este, que en 1967 ascendía a 68 000 personas, hoy ronde las 400 000, es decir, que se ha multiplicado por siete?

Hacia el final de su libro sobre el genocidio en Gaza, Shlaim ofrece a sus lectores un atisbo de esperanza: la solución de dos Estados podría haber llegado a su fin (en esto coincido con él), pero una «solución» binacional de un solo Estado es definitivamente posible: «un Estado democrático desde el río hasta el mar con igualdad de derechos para todos sus ciudadanos». Sin embargo, no soy tan optimista. Esta idea puede parecer realista a los liberales de los cafés de París o de las aulas de Oxford, pero no lo es. Pero la mayoría de los palestinos quieren toda Palestina para los árabes, y un número creciente de israelíes quiere toda la Tierra de Israel para los judíos. Y ambos pueblos llevan enfrentados más de un siglo, creando enormes focos de odio y desconfianza. Los acontecimientos de 2023-2025 no han hecho sino evidenciar la cruda realidad de la enemistad mutua y la división irreconciliable. Una solución de un solo Estado, si alguna vez se intenta, probablemente terminará en anarquía y masacre mutua. Lamentablemente, aún no se vislumbra una solución ni la paz.