Por Joost Jongerden Profesor asociado de Sociología Rural en la Universidad de Wageningen (Países Bajos). Su investigación se centra en la migración forzada, el desarrollo rural y los conflictos políticos y violentos en el Kurdistán.
Publicado originalmente en https://www.theamargi.com/posts/rojava-is-the-kurds-existential-struggle y traducido y publicado aquí con autorización explícita.

Lo que sucede hoy en Rojava no es un capítulo más de la larga guerra de Siria. Se trata de una lucha existencial en la que se decide si los kurdos pueden seguir existiendo como sujetos políticos y mantener las condiciones que hacen posible la vida. No se trata de un conflicto que se resuelva con cambios en las líneas del frente o treguas temporales, sino de una confrontación con los cimientos mismos de la existencia política kurda.
La guerra librada por Hay’at Tahrir al-Sham (HTS), que asumió el control del Estado sirio tras la caída del régimen de Asad, encarna un proyecto estatal basado en las tradiciones más violentas del nacionalismo: la supresión sistemática de las condiciones políticas en las que la vida kurda puede existir.
Esta lógica quedó escalofriantemente ilustrada en una declaración emitida por el Ministerio de Dotaciones de Siria el 18 de enero, en la que se hacía referencia a la campaña Anfal de Sadam Husein de la década de 1980, ampliamente reconocida como un genocidio contra los kurdos del Kurdistán iraquí. Este lenguaje no solo justifica la violencia, sino que la normaliza. En este contexto, matar kurdos no es una tragedia que lamentar, sino una necesidad para la construcción del Estado-nación.
Esta realidad no solo la sienten los kurdos del norte de Siria, sino también los de todo el Kurdistán y la diáspora. Por lo tanto, la defensa de Rojava se vive como la defensa de la vida misma: el derecho a vivir como kurdos.
Aunque Siria ha superado formalmente el régimen baazista, la mentalidad negacionista hacia los kurdos que definió al Estado baazista sigue profundamente arraigada en sus instituciones y en la mentalidad de sus gobernantes.

La ciudad de Kobane con temperaturas bajo cero y asediada por las fuerzas del gobierno central sirio. Creative Commons
¿Por qué los kurdos no se integraron?
Durante el último año, se han llevado a cabo múltiples rondas de negociaciones sobre la integración de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), lideradas por los kurdos, en el Estado sirio, tal y como habían previsto los nuevos gobernantes de Damasco. Las FDS propusieron un modelo de integración política que habría preservado elementos de autogobierno y fuerzas de seguridad organizadas regionalmente. El Gobierno central rechazó de plano esta propuesta, insistiendo en cambio en la integración individual en las instituciones estatales. Si bien esta postura puede parecer razonable, históricamente ha sido el primer paso y la base de la negación estatal de la existencia kurda, ya que la individualización ha sido durante mucho tiempo la fórmula mediante la cual los Estados de la región han gestionado la asimilación de los kurdos.
Al despojarles de identidad colectiva y organización política, este enfoque refleja una tradición nacionalista profundamente arraigada en Siria —y en toda la región en general— que niega a los kurdos las condiciones institucionales necesarias para la vida colectiva. Cuando los kurdos reivindican su derecho a participar en la vida política, se les acusa inmediatamente de separatistas o de ser agentes extranjeros que amenazan la unidad nacional. Aunque Siria ha superado formalmente el régimen baazista, la mentalidad negacionista hacia los kurdos que caracterizó a dicho régimen sigue profundamente arraigada en sus instituciones y en la mentalidad de sus gobernantes.
El «Nuevo» Estado Sirio.
Resulta sorprendente la rapidez con la que la comunidad internacional aceptó a HTS y facilitó su transformación en un Estado autoritario y de partido único. Esta aceptación es especialmente desconcertante si se tiene en cuenta que uno de los principales fracasos del régimen baazista sirio, que precipitó la guerra que ha devastado el país durante los últimos quince años, fue precisamente su estructura de partido único y la aplicación violenta de una visión nacionalista excluyente. También resulta sorprendente si se tiene en cuenta que hace solo unos meses se ofrecía una recompensa de diez millones de dólares por la cabeza de Ahmed al-Sharaa, heredero político de Al Qaeda en Siria.
Sin embargo, al-Sharaa consiguió alinearse con el sistema estatal internacional. Al presentarse como presidente interino de Siria y limitar retóricamente sus ambiciones a las fronteras existentes del país, consiguió que los actores estatales clave no se sintieran amenazados. De este modo, normalizó el sistema estatal y, a su vez, el sistema lo normalizó a él.
El reconocimiento internacional le otorgó el monopolio de la violencia propio de los Estados soberanos. Una vez reconocido, su uso de la fuerza dejó de considerarse violencia insurgente para convertirse en «seguridad del Estado». Su principal desafío ya no radica en la oposición de otros Estados —muchos de los cuales lo han aceptado—, sino en la creciente opinión pública internacional y en la movilización de los kurdos en todo el mundo, que exigen el fin de la violencia y un reconocimiento político significativo.

Rojava como horizonte político alternativo.
El modelo de Rojava contrasta marcadamente con esta visión de la soberanía. Se basa en formas democráticas de autoorganización que reconocen la pluralidad de la existencia social y busca construir un sistema político en el que la diferencia no solo se tolere, sino que se organice activamente en torno a ella. La diversidad étnica, religiosa y de género no se percibe como una amenaza, sino como la base de una vida política compartida.
En una región marcada por el autoritarismo, el sectarismo y la homogeneidad impuesta, Rojava ofrece una alternativa esperanzadora, aunque frágil: un futuro en el que el «otro» no sea un enemigo a eliminar, sino una parte inseparable de la existencia colectiva. No solo desafía al Estado sirio, sino también a la premisa más profunda de que la estabilidad requiere uniformidad y de que la soberanía debe construirse sobre la exclusión.
Precisamente por eso, Rojava está en el punto de mira. Representa una alternativa para el futuro, que pone de manifiesto la violencia inherente al modelo de Estado-nación en la región. Su existencia pone en tela de juicio la afirmación de que no hay alternativa a la centralización autoritaria y, al hacerlo, la vuelve intolerable para quienes buscan reconstruir Siria sobre la base de la negación.
La lucha por Rojava es, por lo tanto, una lucha existencial para los kurdos y una lucha sobre si es posible imaginar un futuro diferente.
La situación actual se convierte en un problema existencial porque afecta a la supervivencia de una idea política: la coexistencia es posible, el pluralismo puede institucionalizarse y la vida no tiene por qué organizarse en torno a la dominación. La lucha por Rojava es, por lo tanto, una lucha existencial para los kurdos, pero también una lucha sobre si es posible siquiera imaginar un futuro diferente, uno que vaya más allá de la destrucción nacionalista.

